Homilía para la Festividad de la Santísima Trinidad - Año A - Jn. 3:16-18
 
 
por
 
el Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 
 
" De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios á su Hijo al mundo, para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; mas el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios. "
 
 
Homilía:
 
 
" De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. "
 
En el Evangelio de hoy, es San Juan quien nos habla. En esta fiesta de la Santísima Trinidad, San Juan expone su fe en este Misterio. Porque ahora nosotros celebramos el principal Misterio de nuestra fe: la Trinidad.
 
Recordemos que, en la religión cristiana, un Misterio es una verdad que nosotros no comprendemos, y que no podemos comprender completamente. Todo lo que nosotros podemos hacer es decir algo acerca de esto, unas pocas palabras que se acerquen al Misterio sin circunscribirlo completamente.
 
Así cuando nosotros hablamos del Misterio de la Trinidad, siempre hay algo que se nos escapa, queramos o no. Sin embargo, cuando es un hombre, como usted o yo, quien habla de la Santísima Trinidad, nosotros estamos mas dispuestos a entender lo que el dice, que cuando es, por ejemplo, Jesús quien nos habla de su Padre o del Espíritu Santo. De hecho, lo que Jesús dice acerca de la Santísima Trinidad esta basado en lo que el entendió en el Espíritu Santo, sin el intermediario de la fe: Jesús no tiene fe, pero el es aquél en quien creemos. Por otra parte, lo que yo le digo a usted, o lo que San Juan nos dice en el Evangelio de hoy, esta basada en lo que nosotros hemos entendido en y a través de la fe que nosotros profesamos en la Santísima Trinidad.
 
Está lejos de mi el ser igual a San Juan: Yo no recibí el carisma de los Apóstoles. Pero todos aquellos quienes, teniendo fe, hablan de la Santísima Trinidad, ofrecen aquellos que los escuchan un discurso coloreado por la virtud de la fe, que imbuye la persona entera. En otras palabras, aquellos quienes tienen fe en la Santísima Trinidad, la primera entre ellos siendo la Santísima Virgen Maria, son los que están satisfechos por hablar de este Misterio a todos los creyentes que los escuchan. Por otra parte, observemos lo siguiente. En Roma, en Abril 12, 1947, la Santísima Virgen Maria apareció, sosteniendo un Libro (sin duda la Biblia), y le dijo a los visionarios: "Soy la que está en la Trinidad Divina. Soy la Virgen de la Revelación."
 
Jesús es el único quien puede revelarnos al Padre y hablarnos de El: "Nadie conoció al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoció alguno, sino el Hijo, y aquel á quien el Hijo lo quisiere revelar." (Mt. 11:27) ¿Pero puede el Hijo, Jesús, revelar a si mismo y puede el hacer a si mismo completamente conocer a todos quienes lo escuchan? Porque Jesús acaba de decir: "Nadie conoció al Hijo, sino el Padre." Así, aun si Jesús se ha presentado a si mismo a los hombres de su tiempo como el Hijo de Dios, habiendo dicho abiertamente: "Yo soy el Hijo de Dios" (Jn. 10:36), este revelación de si mismo podia ser completamente creída y verdaderamente percibida por el entendimiento de la fe solo a través de una propia acción del Padre!
 
Esto es confirmado por el episodio de Cesárea y la profesión de fe del Apóstol Pedro: "Viniendo Jesús á las partes de Cesarea de Filipo, preguntó á sus discípulos, diciendo: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Y ellos dijeron: «Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros; Jeremías, ó alguno de los profetas.» El les dice: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Y respondiendo Simón Pedro, dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos.» " (Mt. 16:13-17)
 
Cuando Pedro habla de Cristo, cuando nosotros proclamamos la Palabra de Dios, el Padre verdaderamente actúa en nosotros, pero no directamente. Es el Espíritu Santo quien trabaja en nosotros y en aquellos que nos oyen: "Estando aún hablando Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el sermón." (Hechos 10:44). Porque entre el Espíritu Santo y los fieles de Cristo existe una muy íntima relación, como la que hay entre los esposos, una relación que de algún modo semeje a la del Hijo de Dios con su humanidad. De modo que Beata Isabel de la Trinidad exclama, en su oración: "¡Oh fuego consumidor, Espíritu de amor! Ven a mí, para que se haga en mi alma una como encarnación del Verbo; que yo sea para él una humanidad sobreañadida en la que él renueve todo su misterio."
 
Con Isabel de la Trinidad, con todos los santos, y sobretodo con la Santísima Virgen Maria, anunciemos al mundo entero esta gran Misterio: Dios es Amor, el es Padre, Hijo y Espíritu Santo! Amen!