|
Homilía para el
trigésimo Domingo del Año - Año A - Mt. 22:34-40
por
el Canónigo Dr. Daniel Meynen
" Cuando los fariseos
supieron que Jesús había hecho callar a los saduceos, se
juntaron en torno a el. Uno de ellos, que era maestro de la Ley, trato
de ponerlo a prueba con esta pregunta: «Maestro, ¿Cual es
el mandamiento más importante de la Ley?» Jesús le
dijo: «"Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con toda tu mente." (Deut. 6:5) Este
es el gran mandamiento y el primero. Pero hay otro muy parecido:
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo." (Lev. 19:18) Toda
la ley y los profetas se fundamentan en estos dos mandamientos.» "
Homilía:
" Cuando los fariseos
supieron que Jesús había hecho callar a los saduceos, se
juntaron en torno a el. Uno de ellos, que era maestro de la Ley, trato
de ponerlo a prueba con esta pregunta: «Maestro, ¿Cual es
el mandamiento más importante de la Ley?» Jesús le
dijo: «"Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con toda tu mente." (Deut. 6:5) Este
es el gran mandamiento y el primero.» "
Al principio, Dios
creó al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gen. 1:26). De esta
manera, Dios deseó manifestar todo lo que él es: Amor en
la entrega de Sí mismo! Así, en el hombre original
había todo este amor en la entrega de sí mismo:
Había solo amor en el corazón del hombre, amor de Dios,
por supuesto. El hombre que Dios creó, amó a Dios sobre
todo!
Era una hermosa historia...
Una hermosa historia de amor entre el Creador y su criatura! Pero, como
cada uno sabe, el amor en palabras es hermoso, pero el amor en acciones
es aun más hermoso. Así Dios le pidió al hombre
para probar su amor por él, su Creador. Y Dios puso al hombre y
a la mujer en una prueba... Era algo como cuando Jesús,
aquí, fue puesto a prueba por un maestro de la Ley: "Uno de
ellos, que era maestro de la Ley, trato de ponerlo a prueba con esta
pregunta..."
Así Dios puso al
hombre a prueba: él prohibió al hombre comer la fruta del
árbol que estaba en medio del jardín, la fruta del
árbol del conocimiento del bien y el mal (cf. Gen. 2:9,
2:16-17). Así, en el principio, el amor esta sujeto a la ley,
una ley de Dios mismo. Sin embargo, la ley aquí no obliga al
hombre amar a Dios: el hombre ama a Dios sin ley o
constreñimiento. Además, un amor obligado por una ley no
es amor...
Desafortunadamente, Dios
permitiendo esto, el Diablo consiguió implicarse: Él era
envidioso del hombre y de la mujer a quienes Dios acarició.
Así el Diablo, bajo la forma de serpiente, tentó al
hombre y a la mujer: él les hizo creer que ellos podrían,
sin temor, comer la fruta del árbol del conocimiento del bien y
el mal... Y el hombre y la mujer, quienes estaban supuestos a probar su
amor a Dios por el cumplimiento de su ley, transgredieron esta ley, que
era no obstante una ley de amor...
Desde este trágico
acontecimiento, el hombre se ha tirado incesantemente entre dos amores
que buscan dominarse: el amor de Dios y el amor de las criaturas.
Algunas veces era el amor de Dios el triunfador, el hombre
rindió gloria a Dios ofreciéndole, como hizo Abel, los
animales más magníficos de su raza, los
primogénitos (cf. Gen. 4:4). En otro tiempo era el amor de la
criatura, y sobretodo el amor de sí mismo, que procuró
machacar el amor de Dios, cuando Cain mató a su propio
hermano... por envidia.
Así, el hombre
bendijo a Dios cuando le dio a Moisés las Tablas de la Ley.
¡Éstos requirieron que el hombre ame Dios sobre todas las
cosas! Estas no son leyes que obligan al hombre para amar a Dios: como
lo dije antes, un amor que es obligado por la ley no es amor.
Así, estas son leyes que nos indicar el camino a seguir: amar a
Dios sobre todas las cosas, amar a Dios más que a las criaturas.
Esto es por que Jesús dijo: "Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente."
(Deut. 6:5)
" «Pero hay otro muy
parecido: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." (Lev.
19:18) Toda la ley y los profetas se fundamentan en estos dos
mandamientos.» "
Estas palabras del
Levítico: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"
(Lev. 19:18), son unas que Jesús realizó perfectamente.
Muriendo en la Cruz del Calvario, Jesús amó a cada
hombre, cada mujer, cada niño, con un amor que es total,
ilimitado, infinito, un amor que se vive en el Espíritu de Amor.
Esto es el por qué estas palabras, cuando son dichas por
Jesús, toman una otra dimensión, una que amplia la ley a
su plenitud.
Cuando Jesús
declara: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", el quiere
decir: "Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos á
otros: como os he amado, que también os améis los unos
á los otros." (Jn. 13:34) La Ley de Moisés se substituye
por la Ley de Cristo: "Un mandamiento nuevo os doy." (Jn. 13:34) Esta
ley que indica el camino a seguir se substituye por la Gracia de Dios,
Cristo mismo, el enviado de Dios, él quien es "el Camino" (Jn.
14:6) que conduce a la Vida!
Antes de la venida de
Cristo, la ley indicaba el camino a seguir de manera que este amor de
Dios supera el amor de las criaturas. De aquí en adelante, esta
es la gracia de Dios, que, por su poder, mantiene al hombre en un
correcto balance entre el amor de Dios y el amor de las criaturas. El
quien, solo una vez en su vida, prefiera a Dios y su amor, a todas las
criaturas, pasadas, presentes o futuras, esta persona es y será
siempre guiada por la gracia de Dios en el Camino de la eternidad!
¿No fue esta gracia
divina, que trabajó primero en María, la Madre de
Jesús, antes de extenderse en todos y cada uno de los elegidos
de Dios? Cuando María dijo al Arcángel Gabriel: "He
aquí la sierva del Señor; hágase á
mí conforme á tu palabra" (Lc. 1:38), no se confío
ella completamente en la Omnipotencia del Espíritu Santo?
María quiso permanecer Virgen, y ella es Virgen para siempre,
porque, para ella, estaba claramente la Voluntad de Dios, que la ha
querido para él y solo para él. Pero María
además estuvo de acuerdo en ser una Madre, de manera de estar
enteramente al servicio de los hombres, el primero de ellos siendo su
propio Hijo.
Amemos a Dios! Amemos a
Jesús! Amemos a María! Que nuestra vida entera se
consagre al amor de Dios y los hombres! Amen!
¡Suscripción a la homilía
semanal del Padre Daniel Meynen
|
||