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Homilía para la
fiesta de la Santísima Trinidad - Año C - Jn. 16:12-15
por el
Canónigo Dr. Daniel Meynen
" Jesús decía
a sus discípulos: «Aun tengo muchas cosas que deciros, mas
ahora no las podéis llevar. Pero cuando viniere aquel
Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad;
porque no hablará de sí mismo, sino que hablará
todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que han de venir.
El me glorificará: porque tomará de lo mío, y os
lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre, mío es: por
eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará
saber.» "
Homilía:
" Jesús decía
a sus discípulos: «Aun tengo muchas cosas que deciros, mas
ahora no las podéis llevar. Pero cuando viniere aquel
Espíritu de verdad, él os guiará a toda
verdad.» "
Cada vez que hacemos la
señal de la Cruz, como lo hicimos al inicio de esta
celebración, decimos: "En el nombre del Padre, del Hijo, y del
Espíritu Santo." Pero, lo que decimos, ¿lo comprendemos?
No lo creo... La razón es que el Padre, el Hijo, y el
Espíritu Santo que invocamos constituye algo que estamos
obligados a llamar un Misterio, el Misterio de la Santísima
Trinidad. Si bien un misterio es precisamente algo que no se comprende,
esto no quiere decir que no podamos expresar nada de esta realidad. Al
contrario, gracias a lo que nos reveló Jesús, somos
capaces de describir un poco este misterio y de acercarnos a él
mediante comparaciones e imágenes.
El Misterio de la
Santísima Trinidad que festejamos hoy consiste en lo siguiente:
el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios;
sin embargo, no hay tres dioses sino uno, que es a la vez Padre, Hijo,
y Espíritu Santo. Este es el Misterio de la Trinidad de Personas
en un solo Dios. Si buscamos un elemento de comparación para
intentar acercarnos a este misterio, el único que parece ser
perfectamente adecuado es aquel que Jesús mismo nos dio,
diciendo: "Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el
Padre, asimismo el que me come, él también vivirá
por mí." (Jn. 6:57) Se trata entonces de una comparación
entre la Santísima Trinidad y la unión de las diferentes
personas que forman parte del Cuerpo místico de Cristo.
" «Porque no
hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que
oyere, y os hará saber las cosas que han de venir. El me
glorificará: porque tomará de lo mío, y os lo
hará saber. Todo lo que tiene el Padre, mío es: por eso
dije que tomará de lo mío, y os lo hará
saber.» "
El Padre existe al origen
de la Santísima Trinidad: Él es el principio. El Padre da
vida a su Hijo: en la eternidad, el Padre engendra a su Hijo. El Hijo
recibe sin cesar la vida de su Padre: "Yo vivo por el Padre." (Jn.
6:57) El Hijo, al ser engendrado del Padre, es también Dios como
Él. Ser Dios es ser perfecto, sin carencia alguna: es tener todo
a la perfección. También, al engendrar al Hijo, el Padre
le confiere todo lo que Él mismo posee al ser Dios: "Todo lo que
tiene el Padre, mío es." (Jn. 16:15) Por lo tanto, el Hijo no es
el Padre, y el Padre no es el Hijo, sino que son los dos un mismo Dios.
Así también
es en la comunión eucarística. Jesús nos da su
vida, en forma de comida, y participando en ella llegamos a ser hijos
de Dios: el Cuerpo de Cristo que viene a nosotros hace de nosotros el
Cuerpo - místico - de Cristo. Por lo tanto, Jesús no es
nosotros, y nosotros no somos Jesús, sino que formamos todos un
solo Cuerpo místico.
Al recibir todo del Padre,
el Hijo es semejante al Padre, teniendo en común lo que
pertenece a su Padre. Por esto dijo San Pablo que el Hijo es la Imagen
del Padre (cf. Col. 1:15). El Hijo no puede hacer más que imitar
al Padre y restituirle al Padre todo lo que le concedió al
engendrarlo. Esto mismo hacemos nosotros en la comunión
eucarística al dar gracias al Señor que viene a nosotros:
¡las gracias que vienen de El, nosotros se las restituimos!
Dándole al Padre lo
que viene de Él, el Hijo debería poder imitar al Padre
engendrando el también una Persona divina. Si el Padre engendra
al Hijo concediéndole todo lo suyo, el Hijo por su lado
debería también engendrar una Persona divina
devolviéndole al Padre todo lo que de Él ha recibido.
Como el Padre existe, esta Persona divina engendrada por el Hijo no
podría ser el Padre: ciertamente es el Padre que engendra al
Hijo, y no al revés. También, la Persona divina que el
Hijo podría engendrar es en realidad el Padre que la engendra,
mediante el Hijo. Tal Persona divina es en cierto modo semejante al
Padre, y se dice que ella fue fruto del Padre y del Hijo. A esta
Persona divina llamamos el Espíritu Santo, "el Espíritu
de verdad, el cual procede del Padre" (Jn. 15:26). El Espíritu
Santo no es ni el Padre ni el Hijo, pero los tres forman un solo Dios.
En la comunión
eucarística, al dar gracias al Señor Jesús no
podemos nosotros engendrar a Cristo. No obstante, el Señor
concede que esta acción de gracias sirva al crecimiento de su
Cuerpo místico, al nacimiento de un nuevo miembro de la Iglesia.
Otra persona verá el día, otra persona que, con Cristo y
junto a nosotros, forma parte del único Cuerpo místico de
Cristo.
Finalmente, si hay un
espíritu que preside a todo este Misterio de la Santísima
Trinidad, es el espíritu de Amor, porque es el amor que lleva al
hijo a restituir a su Padre todo lo que de Él ha recibido. El
Espíritu Santo no es otra cosa que el Amor de Dios hecho persona.
Nosotros también, al
dar gracias al Señor por venir en nosotros en las especies del
pan y el vino, probamos ante Él todo nuestro amor, ¡y la
gracia de Dios se vuelve para nosotros "caridad"! ¡Juntos,
formamos un solo Cuerpo de Cristo en el Amor de Dios! Como San Pablo lo
dijo en la epístola de aquel día: "Y la esperanza no
avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado." (Rm.
5:5)
¡Con la
Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de la
Iglesia, demos gracias a Dios tres veces Santo: el Padre, el Hijo, y el
Espíritu Santo! ¡Que mediante María, y con Ella,
hallemos en nuestros corazones una parcela de la bondad y del amor de
Dios Trino!
¡Suscripción a la homilía
semanal del Padre Daniel Meynen
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