Homilía para la fiesta de Pentecostés - Año C - Jn. 20:19-23
 
 
por el
 
Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 
 
" Y como fué tarde aquel día, el primero de la semana, y estando las puertas cerradas donde los discípulos estaban juntos por miedo de los Judíos, vino Jesús, y púsose en medio, y díjoles: «Paz a vosotros.» Y como hubo dicho esto, mostróles las manos y el costado. Y los discípulos se gozaron viendo al Señor. Entonces les dijo Jesús otra vez: «Paz a vosotros: como me envió el Padre, así también yo os envío. Y como hubo dicho esto, sopló, y díjoles: Tomad el Espíritu Santo: A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos.» "
 
 
 
Homilía:
 
 
" Y como fué tarde aquel día, el primero de la semana, y estando las puertas cerradas donde los discípulos estaban juntos por miedo de los Judíos, vino Jesús, y púsose en medio, y díjoles: «Paz a vosotros.» Y como hubo dicho esto, mostróles las manos y el costado. Y los discípulos se gozaron viendo al Señor. "
 
Hoy, cincuenta días después de la Pascua, festejamos la venida del Espíritu Santo a los discípulos del Señor. Hoy, recordamos este acontecimiento absolutamente único en la historia de la humanidad: ¡la venida al mundo de Dios Espíritu! Este fue en verdad un acontecimiento sin igual; desde aquel momento, el mundo, la tierra, el cielo, las estrellas, todo se convirtió en la morada de Dios entre los hombres! Desde el día de Pentecostés, el mundo no es más de sí mismo: ¡es de Dios!
 
¿Cómo es esto posible? ¿Es cierto? ¿No vemos acaso todo lo contrario, que el mal reina en nuestros alrededores? ¿Acaso el mundo no está colmado de violencia, de mentira, de impureza? ¿Cómo entonces es posible que el mundo esté al servicio de Dios, que es Espíritu? Simplemente porque Dios es Espíritu. Por lo tanto, lo que es espíritu es invisible. Con los ojos del cuerpo no podemos percibir cómo y en qué el mundo es de Dios que es Espíritu. Todo lo que nos golpea es del mal, el cual vemos.
 
Deberíamos esperar la venida del Señor, su regreso al fin de los tiempos, para que la belleza de la creación renovada en el Espíritu Santo nos sea revelada a todos. Desde ya, en el Espíritu de Dios, la creación nueva existe y alaba al Señor, pero todo aquello no es aún más que un comienzo, una etapa inicial del reino de Dios, ¡una salvación en esperanza! Escuchemos a San Pablo: "Porque el continuo anhelo de las criaturas espera la manifestación de los hijos de Dios (...) Porque sabemos que todas las criaturas gimen a una, y a una están de parto hasta ahora (...) También nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando (...) la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza somos salvos." (Rm. 8:19-24)
 
La creación gime, y con ella también nosotros, porque he allí el Espíritu de Dios y, por lo tanto, el mal aparece sin cesar ante nuestros ojos... Así será hasta el final. Desde la tarde de Pascua - la tarde de la Resurrección de Jesús - hasta el día en que el Señor resucitará los cuerpos de sus elegidos, el Espíritu Santo obra para combatir el mal y expulsarlo del mundo, gracias a la acción de los Apóstoles y de la Iglesia a quienes Cristo concedió el poder de perdonar los pecados en su nombre: "Díjoles: «Tomad el Espíritu Santo: A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos.» "
 
" Entonces les dijo Jesús otra vez: «Paz a vosotros: como me envió el Padre, así también yo os envío. Y como hubo dicho esto, sopló, y díjoles: Tomad el Espíritu Santo: A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos.» "
 
Somos criaturas de Dios, ¡somos sus criaturas por excelencia! Somos los principales beneficiarios de la venida del Espíritu de Dios al mundo: viniendo en nosotros, el Espíritu Santo expulsa el pecado y capta nuestro corazón para hacer de nosotros hombres nuevos, viviendo de acuerdo al espíritu y no más por la carne. Según las palabras de Jesús en la tarde de Pascua, todo aquello se realiza mediante la intercesión de los Apóstoles y de sus sucesores, porque es solo a ellos que el Señor dijo: "Tomad el Espíritu Santo: A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos."
 
El poder de perdonar los pecados, por el don del Espíritu Santo, es un poder que Jesús no dio a nadie más que a sus Apóstoles y a sus sucesores, los obispos. Los obispos confían generalmente a los simples sacerdotes aquel poder, con solo ciertas restricciones. Los obispos no pueden estar en todos lados al mismo tiempo. Los obispos ordenan sacerdotes, para que ellos puedan representarlos en aquellas partes donde ellos no podrían encontrarse simultáneamente. Como el sacrificio eucarístico hace presente aquí y hoy al único Sacrificio de Jesús en la Cruz del Calvario, la función principal de los sacerdotes es celebrar la Eucaristía allí donde estén, haciéndolo en nombre de su obispo y representándolo.
 
Allí en la celebración eucarística, las palabras del Señor en la tarde de Pascua toman un significado universal, una dimensión que se extiende a todo el Pueblo de Dios. Si bien no hay más que obispos y sacerdotes para perdonar los pecados en nombre del Señor, de igual manera todo cristiano puede participar del Sacrificio eucarístico y ofrecerse con Cristo a la Iglesia y la Redención del mundo, según la recomendación de San Pedro, que decía: "Al cual allegándoos, piedra viva, reprobada cierto de los hombres, empero elegida de Dios, preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo." (1 Pedro 2:4-5)
 
No cabe duda alguna: si el Espíritu Santo está en el mundo para expulsar al mal, ¡cada uno de nosotros está llamado a colaborar a su acción divina de regeneración y de salvación! No lo olvidemos: cada uno de nosotros está llamado por Dios a convertirnos en un nuevo ser en el Espíritu. Esto sería imposible, al menos que trabajáramos para expulsar el mal que está en el mundo y está también en nosotros. ¡Volvamos nuestros ojos a María, que es la nueva creación por excelencia, la Nueva Eva! Porque, para socorrernos, María, por la gracia de Dios, era ya pura de todo pecado desde el momento en que fue concebida: Ella es la Inmaculada Concepción! Desde la Encarnación del Hijo de Dios, María colabora a la acción del Espíritu Santo: ¡pidámosle ayuda, para que podamos ser - un poco - como Ella!