Homilía para la fiesta de la Epifanía del Señor - Mt. 2:1-12


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos adorarlo.»


" Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «en Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: "Y tú, Belén de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel."» Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»


" Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su Madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido un oráculo, para que no volvieran a Herdodes, se marcharon a su tierra po otro camino. "




Homilía:


" Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» "


Jesús, el Hijo de Dios, nació en Belén hace aproximadamente 2000 años. Era de noche, en la oscuridad. Sucedió en una gruta o establo, en la pobreza. No había mucha gente para aclamar la llegada al mundo del Hijo del Altísimo. Estaba, evidentemente, José el esposo de María. Había también algunos pastores. Pero estos habían sido avisados por ángeles, habían recibido un signo que venía del Cielo para reconocer al Hijo de Dios que se había hecho semejante a cualquiera de nosotros: "Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Cristo, el Señor. Y he aquí un signo para vosotros: encontraréis a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre." (Lc. 2:11-12)


Dios envió a su Hijo al mundo para revelarse en persona en precio del sacrificio cruento del Calvario: "Tanto amó Dios al mundo que le dió a su Hijo único." (Jn. 3:16) Dios, Nuestro Padre, nos ama con un amor infinito para hacer de nosotros hijos e hijas, para su propia gloria y para nuestra felicidad eterna. Pero si el Padre nos ama, es en su Hijo Jesús en quien nos otorga todo su amor: Jesús es el verdadero y único Hijo del Padre, nosotros no somos más que sus hijos de adopción. Es en Jesús que nosotros somos hijos e hijas del Padre. Es a Jesús a quien el Padre ama, en el Espíritu Santo. Y este amor por su Hijo lo testimonia sin fin el Padre: el Padre no abandona nunca a su Hijo ni a todos los que están unidos a Él por la gracia y por la fe.


Nada más nacer, el Padre testimonió su amor por su Hijo enviando a ángeles para advertir a los pastores del nacimiento de Cristo el Señor. Algún tiempo más tarde, o probablemente al mismo tiempo, el Padre advierte a los magos, a lo mejor reyes, más probablemente sabios, de que el Señor del Universo acababa de venir a este mundo. Para ello, el Padre utiliza el signo de una estrella, de un astro, cuya aparición repentina acababa sin duda de corroborar los otros anuncios, las otras profecías concernientes a la venida del Mesías: "¿Dónde está el rey de los judíos, que acaba de nacer? Nosotros hemos visto su estrella en Oriente, y hemos venido a adorarlo."


" Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «en Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: "Y tú, Belén de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel."» Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino. "


Cuando los magos encontraron al rey Herodes, este tomó muy en serio todo lo que los magos le habían contado. No se puede pensar que los magos fueran unos estafadores que habrían inventado todo: al contrario, eran gentes muy honestas. De otro modo, ¿habría Dios hecho confianza a gentes sin valores ni fe? No. La estrella que los magos habían visto era verdaderamente un signo que venía de Dios.


Por otra parte, Jesús mismo lo ha confirmado, pues habló de su segunda venida sobre la tierra, al final de los tiempos, y también en esta las estrellas, los astros, serán los instrumentos del Padre para testimoniar su amor al Hijo y para preparar a las naciones para acogerle, no ya como Salvador, sino como su Juez soberano y eterno: "Habrá signos en el sol, la luna y las estrellas." (Lc. 21:25)


El rey Herodes va a intentar arruinar los esfuerzos de Dios Padre para manifestar al mundo entero la venida de su Hijo amado. Herodes intenta en vano desviar este signo de Dios utilizándolo para anular los proyectos divinos. Pero, ¿qué puede hacer él ante todo el poder de Dios? Nada. O, más bien, va a permitir a la gloria del Señor, ser todavía más grande y magnífica. Pues el simple signo de esta estrella va a convertirse en una joya única, una perla rara bañada en la sangre de los mártires inocentes: los niños que el rey Herodes hará matar por docenas, por centenas.


Herodes, en efecto, se informa a través de los magos del tiempo exacto en el que el astro se les apareció: "Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella." Así, suponiendo que la estrella se les hubiese aparecido a los magos el día del nacimiento de Jesús, Herodes puede determinar cuál es la edad aproximada del niño, y hacer masacrar a todos los niños varones de esa edad: "Herodes mandó matar a todos los niños de Belén y de sus alrededores, hasta la edad de dos años, según la fechas que le habían comunicado los magos." (Mt. 2:16)


" Y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. "


Librados de las trabas del rey Herodes, los magos continuaron su camino siguiendo la estrella del Señor. Gracias a Dios, los magos dejaron lejos detrás de ellos los consejos y las intrigas de los hombres para no seguir más que los signos dados por Dios para encontrar al Salvador del Universo. Y todo ello les llena de alegría. Pues la alegría es el fruto del Espíritu Santo, es la comunión del que escucha y sigue los mandatos del Señor.


Los magos continuaron su camino siguiendo la estrella, de manera similar a como se puede seguir la estrella polar para dirigirse hacia el Norte. Esta estrella es su guía para llegar hasta el Salvador del mundo: ¿no es semejante a esa Stella Maris, la Estrella de la Mar, que se llama María, la Madre de Jesús? ¿Cuál es, en efecto, la mejor y mayor prueba de amor del Padre hacia su Hijo y hacia todos los hombres? ¿No es la Virgen María, Madre del Salvador de los hombres?


" Entraron en la casa, vieron al niño con María, su Madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. "


El signo ha desaparecido: ha dejado lugar a la realidad. Ya estamos, no ante la estrella, sino ante María, la Madre de Jesús. Es ella ahora la que presenta a los magos a su Hijo primogénito: "Entraron en la casa, y encontraron al Niño con María, su madre." Los magos pensaron que no encontrarían más que a Cristo, el Mesías, pero encontraron más todavía: a Cristo con María, su Madre. Dios nos muestra su amor enviándonos a su propio Hijo, pero el amor de Dios es sin límites y le empuja a darnos siempre más, mucho más de lo que nos atrevemos a esperar.


Llegados al lado de María y de su hijo, los magos le ofrecen sin demora sus presentes: oro, incienso y mirra. Probablemente era esta toda su fortuna. Si habían encontrado al Señor del Universo, ¿qué les importaba ya ser ricos o pobres? Pues el Señor Dios debe ser la única riqueza que cuente a los ojos de los que el Padre llama a su amor. Seamos quienes seamos, si el amor del Padre está sobre nosotros, ¿qué más podemos desear? No lo dudemos: despojémonos de nuestras riquezas y ambiciones. Pues hay más alegría en dar que en recibir.


" Y habiendo recibido un oráculo, para que no volvieran a Herdodes, se marcharon a su tierra por otro camino. "


Una vez más, Dios vela sobre los que le aman. La Providencia está presente: ella provee todas nuestras necesidades, si le hacemos confianza. Los magos experimentaron todos sus bienes: fueron prevenidos en sueños para no volver junto a Herodes que, sin ninguna duda, les habría hecho morir de una manera u otra. ¡Pidamos a María, la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, que nos enseñe esta dulce confianza en el amor benevolente del Padre que está en el cielo, con su Hijo Jesús, en la Gloria del Espíritu de Amor que les une a todos!