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Homilía para el
séptimo Domingo de Pascua - Año C - Jn. 17:20-26
por el
Canónigo Dr. Daniel Meynen
" Antes de pasar de este
mundo al Padre, Jesús oraba: «Mas no ruego solamente por
éstos, sino también por los que han de creer en mí
por la palabra de ellos. Para que todos sean una cosa; como tú,
oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en
nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste. Y
yo, la gloria que me diste les he dado; para que sean una cosa, como
también nosotros somos una cosa. Yo en ellos, y tú en
mí, para que sean consumadamente una cosa; que el mundo conozca
que tú me enviaste, y que los has amado, como también a
mí me has amado.»
" «Padre, aquellos
que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén
también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado: por
cuanto me has amado desde antes de la constitución del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te he conocido; y
éstos han conocido que tú me enviaste; Y yo les he
manifestado tu nombre, y manifestaré lo aún; para que el
amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.» "
Homilía:
" Antes de pasar de este
mundo al Padre, Jesús oraba: «Mas no ruego solamente por
éstos, sino también por los que han de creer en mí
por la palabra de ellos.» "
Jesús
ascendió al Cielo: ya está sentado a la derecha del
Padre. Antes de partir, dejó en la tierra a los
discípulos - los Apóstoles - a los cuales dio orden de
permanecer en la ciudad, en Jerusalén, para que pudieran esperar
al Espíritu Santo prometido, esta fuerza que debia venir de lo
alto: "Y he aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre
vosotros: mas vosotros asentad en la ciudad de Jerusalén, hasta
que seáis investidos de potencia de lo alto." (Lc. 24:49) Una
fuerza debe venir de lo alto, es decir, del Cielo, porque ella debe
servir a los Apóstoles para hacerles bravos testigos de la
muerte y la resurrección de Cristo: "Mas recibiréis la
virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me
seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, y Samaria, y
hasta lo último de la tierra." (Hechos 1:8)
Habiendo ya partido
Jesús, los Apóstoles son los guardianes de Su palabra:
todo lo que el Maestro les ha enseñado, deben transmitirlo en
toda su integridad a aquellos que quisieran acoger su mensaje. He
allí el deber de los Apóstoles: he allí la
misión de toda la Iglesia hasta el fin de los siglos! En la
medida que los Apóstoles y todos los discípulos de Cristo
cumplieron su deber obedeciendo la orden del Salvador de los hombres,
la gracia y la fe se expande por el mundo entero, por donde hay
corazones listos a abrirse a la acción del Espíritu
Santo: "Estando aún hablando Pedro estas palabras, el
Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el
sermón." (Hechos 10:44)
En el mundo entero,
día tras día, año tras año, siglo tras
siglo, el Espíritu Santo espera que los hombres y mujeres de
todas las naciones anuncien fielmente la Palabra de Dios a aquellos que
puedan encontrar a lo largo de su camino para que, gracias a esa
palabra El, el Omnipotente, pueda conceder la gracia de la Fe a todos
aquellos llamados por Dios a compartir su gloria. Multitudes de hombres
y mujeres se sucedieron hasta nuestros días, anunciando el
evangelio de Dios, para que al final usted y yo recibamos, de una
manera u otra, la gracia de la Fe. Verdaderamente, podemos todos dar
gracias al Señor Jesús, porque su plegaria fue eficaz y
absolutamente omnipotente: "No es solo por ellos que ruego, sino
también por todos aquellos que creerán en mí,
gracias a sus palabras."
" «Para que todos
sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que
también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea
que tú me enviaste. Y yo, la gloria que me diste les he dado;
para que sean una cosa, como también nosotros somos una cosa. Yo
en ellos, y tú en mí, para que sean consumadamente una
cosa; que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has
amado, como también a mí me has amado.» "
Jesús
continúa su plegaria diciendo a su Padre: "Mas no ruego
solamente por éstos, sino también por los que han de
creer en mí por la palabra de ellos. Para que todos sean una
cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti.quot; Jesús
habla de la gloria que El mismo ha recibido de su Padre. No habla
entonces de su propia gloria. Es más: Jesús no tiene
gloria propia. Si Jesús tuviera gloria propia, no sería
más lo que El es, es decir, Hijo del Padre. Como el Hijo tiene
todo de su Padre, absolutamente todo, no existe Hijo sin Padre, y no
hay Padre sin Hijo. Jesús lo ha proclamado en varias ocasiones,
como cuando dijo a sus discípulos: "Las palabras que yo os
hablo, no las hablo de mí mismo: mas el Padre que está en
mí, él hace las obras." (Jn. 14:10)
¡Jesús no
tiene gloria propia: su gloria es la del Padre! Y esta gloria del Padre
la transfiere a sus discípulos ¿Por qué? Para que
esta gloria del Padre logre la unión de sus discípulos:
"Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los
que han de creer en mí por la palabra de ellos. Para que todos
sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti." Sin
la gloria del Padre, no existe unidad posible entre los
discípulos de Cristo. ¿Por qué? Simplemente,
porque el deseo de la gloria propia, de esta gloria que llamamos la
"vanagloria", es una tentación que el Maligno, el diablo, busca
por todos los medios a suscitar en el alma de los discípulos de
Cristo. Ahora, si cada uno busca su propia gloria, no es posible tener
unidad...
" «Padre, aquellos
que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén
también conmigo; para que puedan ver la gloria que me has dado:
por cuanto me has amado desde antes de la constitución del
mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te he conocido;
y éstos han conocido que tú me enviaste; Y yo les he
manifestado tu nombre, y manifestaré lo aún; para que el
amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.» "
"Padre justo, el mundo no
te ha conocido..." Porque el mundo busca su propia gloria, y no la
gloria de Dios... Cristo mismo, y sus discípulos después
de El, hicieron bien en anunciar el Reino de Dios por el Poder del
Espíritu Santo. No obstante el mundo, cuyo Príncipe es
Satanás, no ha acogido esta Palabra de Vida eterna: el mundo,
cada hombre y cada mujer, permanece misteriosamente libre frente a la
Potencia del Altísimo... El mundo no ha reconocido a Dios como
Padre, porque este mundo no posee el espíritu de abandono y de
don total del ser al Creador de todas las cosas...
"Mas yo te he conocido; y
éstos han conocido que tú me enviaste." Gracias a las
palabras de Cristo mismo, que son las "palabras de gracia" (Lc. 4:22),
aquellos que el ha elegido como discípulos han reconocido a Dios
como Padre, el Padre de Aquél que vino para salvar de la muerte
eterna! Los discípulos de Cristo no han cerrado sus corazones al
Poder de la Palabra de Dios. Al contrario, los han abierto bien,
dejándose penetrar por la gracia de Dios, que los llama a buscar
no su propia gloria, sino la de Dios.
En la Eucaristía de
este día, tratemos de abrir nuestra alma y nuestro
espíritu a la acción de Dios en nosotros.
¡Pidámosle a María, la Madre de Jesús y
nuestra Madre, de guiar nuestra plegaria e interceder por nosotros ante
el Espíritu Santo, que es su Esposo místico, Aquél
con quien ella comparte para siempre la Gloria del Cielo! ¡Que
nuestra comunión de este día sirva a la Gloria de Dios y
de María!
¡Suscripción a la homilía
semanal del Padre Daniel Meynen
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