Homilía para el cuarto Domingo de Adviento - Año C - Lc. 1:39-45


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" Unos días después María se dirigió presurosa a la montaña, a una ciudad de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Y dijo alzando la voz: «¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Y cómo es que la madre de mi Señor viene a mí? Tan pronto como tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno. ¡Dichosa tú que has creído que se cumplirán las cosas que te ha dicho el Señor!» "




Homilía:


" Unos días después María se dirigió presurosa a la montaña, a una ciudad de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. "


En este cuarto domingo del Adviento, la Iglesia nos propone la lectura del evangelio que cuenta la visita de la Virgen María a su prima Isabel. Esa visita tuvo lugar poco tiempo después la Encarnación del Verbo de Dios en María. Es además el Ángel Gabriel quien invita a María a irse a visitar a su prima, entonces embarazada de seis meses ya: "Mira, tu parienta Isabel ha concebido también un hijo en su ancianidad, y la que se llamaba estéril está ya de seis meses." (Lc. 1:36) Deprisa, María se puso pues en camino para ir a ayudar a Isabel durante los últimos meses de su embarazo.


María acaba de concebir, por acción del Espíritu Santo, un hijo: el Hijo del mismo Dios, Jesús. Cuando va a casa de su prima Isabel, María se encuentra, por lo tanto, en ese período preparatorio de la venida del Hijo de Dios al mundo: se prepara para su misión de Madre de Dios, esa misión consistente en traer al mundo a un niño que es ¡Dios en persona! Esa preparación será para ella un sostén y un consuelo. Aunque la fe de María es una fe sin par, absolutamente única, necesita sin embargo ser consolada y sostenida por los que tiene alrededor: pues María es ante todo el modelo de la Iglesia, el modelo que todos y cada uno de los creyentes debe contemplar para intentar imitarlo. Pues bien, nosotros, que desgraciadamente no tenemos una fe como la de María, necesitamos sentirnos sostenidos y consolados en nuestra misión de apóstoles de la Palabra de Dios. Si tenemos una misión que cumplir (¡y todo cristiano tiene una!), ¡que María nos envíe a los Gabrieles e Isabeles para guiarnos y sostenernos en nuestra tarea de todos los días!


" Cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. "


¡La generosidad perfecta de María se ve recompensada inmediatamente por una acción del Espíritu Santo! María, aceptando convertirse en la Madre de Jesús Hijo de Dios, se convierte también, e incluso antes, en Esposa del Espíritu Santo. La tercera persona de la Santísima Trinidad habita en María de una manera particular, única, que sólo pertenece a la Madre de Dios, pues todo matrimonio es único. Ciertamente, el Espíritu Santo descansa primero y ante todo en Cristo Jesús. Pero aquí, es justamente la voz de María la que se convierte en instrumento del que se sirve el Espíritu Santo para santificar a Isabel y a su hijo Juan el Bautista: "Cuando Isabel oyó el saludo de María..."


En nuestra vida cotidiana raramente, por no decir nunca, veremos hechos de esa clase. Pero, ¿no hay otros signos que el Señor nos da por aquí y por allá para hacernos adivinar su presencia en nosotros y su acción a través de nuestras pobres tentativas de fe en la misión que nos ha confiado? ¿No habrá puesto en nuestro camino a esa persona, como un maestro de escuela o un profesor, un sacerdote o una religiosa, un amigo o un pariente, que en un momento determinado o durante un largo periodo de tiempo nos hayan aportado lo que ahora se revela muy útil, incluso indispensable, para nuestra vida cristiana? El Espíritu Santo que está en nosotros por nuestro bautismo y nuestra confirmación en la fe, e incluso por el sacramento del diaconado o del sacerdocio, nos ayudará a ver todo eso a través de los ojos de la fe: pues está ahí para ayudarnos a preparar la venida del Reino de Dios.


" Y dijo alzando la voz: «¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Y cómo es que la madre de mi Señor viene a mí? Tan pronto como tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno. ¡Dichosa tú que has creído que se cumplirán las cosas que te ha dicho el Señor!» "


Todo el discurso que lanza Isabel es una alabanza a María. Dios se complace en recompensar a sus fieles servidores. María se ha humillado en su obediencia y su fe en la Palabra del Señor: ahora es glorificada por su propia pariente Isabel. Pero la gloria de María no es la suya propia. No, ¡es la del mismo Dios! María nunca es honrada sin Jesús Hijo de Dios: "¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Y cómo es que la madre de mi Señor viene a mí?" María es glorificada porque es la Madre de Dios.


Para María, es una etapa, y una etapa importante. Antes de traer al mundo a su Hijo Jesús, María recibe de su propia familia una glorificación sin par. Antes de que el Hijo de Dios venga por primera vez al mundo, una mujer llamada María, la que Dios ha elegido de toda la eternidad para ser la Madre del Salvador, esa mujer, es glorificada y alabada por haber servido de instrumento para la Palabra misma de Dios: "Tan pronto como tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno."


¿No es ese un signo para nosotros, los que vivimos ahora, cerca de dos mil años más tarde, en espera de la segunda venida del Señor Jesús? ¿No es necesario que María sea de nuevo glorificada y alabada por su propia familia -la Iglesia- antes de que vuelva el Salvador del mundo? ¿Qué esperamos pues para aclamar a María y para proclamar sus maravillas en nuestra vida? Pues, no lo olvidemos, no sabemos cuando volverá el Señor. ¿Podríamos arriesgarnos a que llegue el momento y que no hayamos glorificado suficientemente a María por todo lo que habrá hecho por nosotros en este mundo?


" «¡Dichosa tú que has creído que se cumplirán las cosas que te ha dicho el Señor!» "


¡María creyó! El Señor nacerá de una Virgen de Nazaret! El arcángel Gabriel lo anunció claramente a María y esta, por la gracia de Dios, creyó en las "palabras que le fueron dirigidas de parte del Señor!" No hay, y no habrá nunca una maravilla mayor, un misterio más profundo que este. Isabel pudo expresar ese Misterio gracias a la acción del Espíritu Santo que estaba en ella, pero nunca comprendió lo que hacía en profundidad. Sólo Dios, el Espíritu Santo, así como María en Dios, en el Espíritu su Esposo, lo comprendieron. Es el Misterio que contemplamos cada año en el Belén de la Navidad...