Homilía para el tercer Domingo del Año - Año C - Lc. 1:1-4; 4:14-21


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" Habiendo muchos tentado á poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron por sus ojos, y fueron ministros de la palabra; me ha parecido también á mí, después de haber entendido todas las cosas desde el principio con diligencia, escribírtelas por orden, oh muy buen Teófilo, para que conozcas la verdad de las cosas en las cuales has sido enseñado.


" Y Jesús volvió en virtud del Espíritu á Galilea, y salió la fama de él por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado de todos. Y vino á Nazaret, donde había sido criado; y entró, conforme á su costumbre, el día del sábado en la sinagoga, y se levantó á leer. Y fuéle dado el libro del profeta Isaías; y como abrió el libro, halló el lugar donde estaba escrito (Is. 61:1-2):

" «El Espíritu del Señor es sobre mí,

Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas á los pobres:

Me ha enviado para sanar á los quebrantados de corazón;

Para pregonar á los cautivos libertad,

Y á los ciegos vista;

Para poner en libertad á los quebrantados:

Para predicar el año agradable del Señor.»

" Y rollando el libro, lo dió al ministro, y sentóse: y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó á decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos.» "




Homilía:


" Habiendo muchos tentado á poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron por sus ojos, y fueron ministros de la palabra; me ha parecido también á mí, después de haber entendido todas las cosas desde el principio con diligencia, escribírtelas por orden, oh muy buen Teófilo, para que conozcas la verdad de las cosas en las cuales has sido enseñado. "


Hoy, comenzamos la lectura del evangelio según San Lucas, el compañero de San Pablo. San Lucas, el evangelista, era médico y se dedicaba a hacer de su evangelio una fuente abundante y segura para todo fiel a Cristo y enamorado de Dios: Sin duda es en este sentido que se dirigía a un cierto Teófilo, cuyo nombre significa "aquel que ama a Dios"...


¡Desde el principio, el amor ha siempre existido! El amor de Dios, como el amor al prójimo. ¡Pero es amor de la verdad, aquella de Dios, aquella que es Dios! Porque el fiel a Cristo no es un hombre que ama de modo cualquiera: el fiel, el cristiano, que cree en Cristo de todo corazón, es un hombre o una mujer que basa su amor hacia Dios y hacia los hombres en la Revelación de Dios, esta Revelación que el Padre llevó a cabo en su Hijo, que es su Palabra, su Verbo.


Es porque creo que el Hombre Jesús es el Hijo de Dios venido a la tierra unos 2000 años atrás, que amo de todo corazón al sólo y único Dios, a quien no veo, pero a quien amo amando a los hombres y mujeres que veo a mi alrededor. Mi fe en Jesucristo nace en mí por la gracia de Dios, pero también por la intercesión de todos aquellos y aquellas que me han precedido en la fe y que me han transmitido la Revelación de Dios: mi amor por los hombres de hoy está siempre basado en la Verdad que me ha sido transmitida por aquellos que "fueron ministros de la Palabra".


De hecho que mi historia, la historia de mi fe, es un poco como aquella de San Lucas: El tampoco vio a Jesús viviente, él tampoco recibió la Revelación de Dios de la boca misma del Maestro. ¡Porque fue San Pablo, grande y célebre ministro de la Palabra, que anunció la venida del Reino de Dios en la tierra! De los cuatro evangelistas, San Lucas es el que está más cercano a nuestra condición de creyentes que no han visto a Cristo...


" Y Jesús volvió en virtud del Espíritu á Galilea, y salió la fama de él por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado de todos. "


Después de haber omitido los capítulos 2 y 3, que hablan de la infancia de Jesús, comenzamos la lectura del capítulo 4. El principio de este capítulo trata de la tentación de Jesús por el demonio, tema que volveremos a ver pronto, durante la Cuaresma. Sin demora, Jesús se traslada a Galilea para inaugurar su ministerio. ¿Jesús va allí solo? San Lucas no lo dice: es un detalle que no parece interesarle. Una sola cosa atrapa su atención, y así también la nuestra: ¡la persona de Jesús!


De hecho, Jesús va acompañado a Galilea: ¡el va "en virtud del Espíritu"! He aquí lo que preocupa a San Lucas: el acompañante misterioso, invisible, espiritual, y que está siempre al lado del Maestro, ¡para fortificarlo y asistirlo en su misión! Como podría la fama de Jesús difundirse por toda la tierra de alrededor, si no fuera por la acción del Espíritu que se posa sobre el Cristo, el Ungüento del Señor.


Cuando Jesús enseña en las sinagogas, la gente escucha, sin duda. Pero ellos no entienden bien del todo, o si se quiere, no entienden para nada. No obstante, una palabra, una alusión bien ubicada los ha impactado y ellos la recuerdan, todavía piensan en ella... Es entonces que el Espíritu entra en acción y viene a aclararles, poco a poco al principio, y después con mayor fuerza y persuasión, a fin de llevarlos a creer en Jesús, el Salvador del mundo... ¿No es acaso lo mismo que sintió San Lucas al escuchar hablar a San Pablo?


" Y vino á Nazaret, donde había sido criado; y entró, conforme á su costumbre, el día del sábado en la sinagoga, y se levantó á leer. Y fuéle dado el libro del profeta Isaías; y como abrió el libro, halló el lugar donde estaba escrito (Is. 61:1-2):

" «El Espíritu del Señor es sobre mí,

Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas á los pobres:

Me ha enviado para sanar á los quebrantados de corazón;

Para pregonar á los cautivos libertad,

Y á los ciegos vista;

Para poner en libertad á los quebrantados:

Para predicar el año agradable del Señor.»

" Y rollando el libro, lo dió al ministro, y sentóse: y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó á decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos.» "


Jesús llega a Nazaret, su casa, donde todo el mundo lo conoce, no como el enviado de Dios, sino como "el hijo de José", el carpintero. Ahora, ¿qué debe hacer Jesús para tratar de convencer a sus conciudadanos de que el no es solamente un hombre, sino el Hijo de Dios? Verdaderamente, si hay una cosa difícil de creer, ¡esta es una de ellas! Pongámonos aunque sea por un minuto en el lugar de Jesús, si esto fuera posible, y preguntémonos ¿qué haríamos nosotros en tal situación? Seguramente, no hay más que una sola solución: apelar a un testigo que pueda dar testimonio en nuestro favor...


Es por esta razón que Jesús elige de leer el pasaje del profeta Isaías que habla de Espíritu Santo sobre el enviado de Dios: "El Espíritu del Señor es sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas á los pobres." (Is. 61:1) El Espíritu Santo es, en efecto, el mismo que debe dar testimonio de la divinidad de Cristo: "Cuando venga el Espíritu Santo Paráclito que os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que viene del Padre, El dará testimonio." (Jn. 15:26) ¡Si existe una posibilidad de que Jesús sea reconocido como el Mesías por sus conciudadanos, ella se encuentra en el Poder del Espíritu Santo!


El Espíritu de Dios, el Espíritu de Amor reposa en Cristo: revelándonos al Padre, divulgando la Buena Nueva, Jesús nos regala así su Espíritu, su amor, ¡a fin de que nosotros vivamos, gracias a Dios, en la Verdad! Esta Buena Nueva nos llega bajo la apariencia de un pedazo de pan: en la Eucaristía, Jesús nos reitera su Buena Nueva, a fin de que el Espíritu venga siempre a habitar más plenamente en nuestros corazones, ¡para instruirnos en la Verdad, que es Dios! ¡Pidámosle a María, que es la Esposa del Espíritu Santo, que nos ayude a abrir sin cesar nuestro corazón a la Palabra de Dios!