Homilía para el trigésimo Domingo del Año - Año C - Lc. 18:9-14
 
 
por el
 
Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 
 
" Jesús dijo esta parábola por algunos que estaban convencidos de ser justos y despreciaban a los demás. «Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto de pie, oraba en su interior de esta manera: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas. Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador. Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» "
 
 
 
Homilía:
 
 
¡He aquí una parábola bien conocida: la del fariseo y el publicano! Cada uno puede reconocerse en uno de esos dos personajes. ¿Pero en cual? ¿En el fariseo o en el publicano? Esta es exactamente la pregunta del día. Si nos reconocemos a nosotros mismos en el publicano, dudo que seamos falsos publicanos, sino que mas bien - ¡ay! - seamos verdaderos fariseos... Porque de lo que se trata, no es de reconocer-SE, de pensar-SE, de justificar-SE a uno mismo, sino más bien de ser como realmente somos a la mirada de Dios. En efecto, es Dios el que justifica al hombre y no el hombre que SE justifica a sí mismo.
 
Tener humildad es mirar la verdad en si mismo: la humildad es la verdad. El que es verdaderamente humilde, verá siempre el orgullo en si mismo. La humildad verdadera, no se da cuenta de su propio estado: ¡el que posee la humildad, cree no tener nada, mientras que - justamente - tiene a Dios para el y en el! El hombre que se reconoce como criatura dependiente de Dios, se rebaja de tal modo poniéndose en su verdadero lugar delante del Creador, que Dios no puede dejarlo en ese estado: el Señor lo eleva hasta su propia gloria para hacer de él su hijo adoptivo. ¡En una palabra, Dios justifica a quién se humilla!
 
Cuanto más pequeño se hace uno a los ojos de Dios, más el Señor se complace en venir a habitar en uno, y en hacer resplandecer en uno esa luz divina que es la suya. "Dios es Luz", nos dice San Juan (1 Jn. 1:5 - cf. Ap. 21:23; Ap. 22:5). Es la razón por la cual de todos aquellos en los que Dios habita como en su Templo, San Pablo dice que son "luz en el Señor" (Ef. 5:8): son "verdaderas luces". Verdadera paradoja, paradoja del evangelio, seguramente... Es necesario en efecto hacerse nada delante de Dios, creer que todo se lo recibe del Señor, y verdaderamente darse cuenta de ello, para participar en la obra más grande que pueda existir en el mundo: ¡La Obra de Dios!
 
"Ustedes son la luz del mundo... Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos." (Mt. 5:14-16) ¡Gracias a nuestra humildad, podemos ser luces para el mundo! No demos vuelta el orden de las cosas: no debemos esforzarnos en ser luces para el mundo manteniéndonos en la humildad; por el contrario, debemos esforzarnos en ser humildes, para convertirnos - por gracia de Dios - en luces del mundo. "Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido." (Lc. 18:14)
 
Hoy en día, este orden de cosas es ¡ay! poco aplicado... El orgullo domina al mundo, y eso es lo que conduce al mundo a su pérdida... Porque la humildad, que no solamente es una virtud sobrenatural, sino también humana, no está lo suficientemente presente en los hombres de nuestro tiempo... Cuando uno posee la humildad, entonces se acerca tanto a Dios que se convierte en semejante al Creador de todas las cosas: el hombre humilde es un verdadero hombre; ¡tan verdadero, que aún si no hubiera existido el pecado original, sería parecido al primer hombre creado por Dios en los albores del Universo!
 
El hombre humilde es un verdadero hombre y la mujer humilde es una verdadera mujer. ¡Ojalá tuviéramos tales hombres y tales mujeres para gobernar el mundo, los países, las regiones, las ciudades y los pueblos! Esos hombres y esas mujeres serían para el mundo entero verdaderas luces capaces de llevar a cabo actos a veces heroicos y desinteresados, "buenas obras" (Mt. 5:16) para la salvación de toda la humanidad. Personalidades verdaderas y memorables, hombre y mujeres que puedan ser avizorados por sus conciudadanos; ¡he ahí aquello de lo que el mundo tiene tanta necesidad hoy!
 
En toda la historia de la humanidad, no hemos conocido ni conoceremos jamás más verdadera mujer que María, la Madre de Jesús. Su humildad es sin par y será siempre inigualada e inigualable. Y es lo que le valió recibir la mayor dignidad que haya podido existir: ¡la de Madre de Dios! Verdaderamente es bien en María en quién que se cumplen perfectamente estas palabras del Señor: "el que se humilla será enaltecido" (Lc. 18:14). ¡Verdaderamente, María fue esa mujer fuerte, esa verdadera mujer, esa criatura semejante a Dios, que llevó su humanidad a su perfecta realización, no sólo a los pies de la Cruz en el Calvario, sino sobre todo en el Cenáculo, con los Apóstoles en el día de Pentecostés!
 
Hoy como cada Domingo, vamos a recibir a Dios en la Eucaristía. Nos vamos a acercar al altar del Señor. Este camino, testimonia nuestra humildad y nuestra grandeza. Nuestra humildad porque nos rebajamos a creer que lo que vemos como pan no es pan sino el Cuerpo de Cristo. Y nuestra grandeza, ¡porque en la comunión nos volvemos realmente parte del Cuerpo de Cristo, hijos adoptivos en el Hijo único de Dios! ¡Que este camino sea nuestra justificación, para la salvación del mundo!