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Homilía para el segundo Domingo de
Cuaresma - Año C - Lc. 9:28-36
por el
Canónigo Dr. Daniel Meynen
" Y aconteció como
ocho días después de estas palabras, que tomó a
Pedro y a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar. Y entre
tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido
blanco y resplandeciente. Y he aquí dos varones que hablaban con
él, los cuales eran Moisés y Elías; Que
aparecieron en majestad, y hablaban de su salida, la cual había
de cumplir en Jerusalén. Y Pedro y los que estaban con
él, estaban cargados de sueño: y como despertaron, vieron
su majestad, y a aquellos dos varones que estaban con él. Y
aconteció, que apartándose ellos de él, Pedro dice
a Jesús: «Maestro, bien es que nos quedemos aquí:
y hagamos tres pabellones, uno para ti, y uno para Moisés, y uno
para Elías»; no sabiendo lo que se decía. Y
estando él hablando esto, vino una nube que los cubrió; y
tuvieron temor entrando ellos en la nube. Y vino una voz de la nube,
que decía: «Este es mi Hijo amado; a él oid!»
Y pasada aquella voz, Jesús fué hallado solo: y
ellos callaron; y por aquellos días no dijeron nada a nadie de
lo que habían visto. "
Homilía:
" Y aconteció como
ocho días después de estas palabras, que tomó a
Pedro y a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar. Y entre
tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido
blanco y resplandeciente. "
Pocos días
después de haber confirmado a Pedro en su misión de
"piedra" fundamental (cf. Mt. 16:18) sobre el cual El edificaría
su Iglesia, Jesús lleva a Pedro, Juan y a Jacobo al monte Tabor,
en Galilea. Jesús bien hubiera podido llevar a los doce
apóstoles, e invitarlos a todos a contemplar su gloria en el
Misterio de su Transfiguración. No obstante, no lo hizo. De tal
forma, Jesús nos señala que existe la elección
divina.
Es el Misterio de la
Transfiguración realizado en Jesús, es la
glorificación de la naturaleza humana, elevada por Dios a la
intimidad más profunda, en la caridad sin límites, con la
naturaleza divina misma. Jesús-Hombre queda totalmente
transfigurado: la gloria de la divinidad se refleja, resplandeciente,
en su rostro y en todo su ser. No obstante, se trata aquí de una
señal, a los hombres y mujeres llamados a Dios para compartir
con El su bondad sin fin.
San Lucas bien nos dice que
Jesús rezaba. Pero Jesús en su plegaria no podría
haber rogado a su Padre algún poder que aun le faltara:
Jesús es Dios y Hombre al mismo tiempo; El es el Todopoderoso.
Entonces, si Jesús rezaba, y bien que lo hacía, era para
darnos un ejemplo a seguir: el de ser símbolo de humanidad
glorificada por el Padre en el Espíritu. De tal manera, rezando
con los tres apóstoles Pedro, Juan y Jacobo, Jesús nos
señala que sólo pocos hombres y mujeres responden al
llamado de Dios.
De hecho, entre los
apóstoles, no sólo Pedro, Juan y Jacobo eran los elegidos
de Dios. Pero entre los nueve apóstoles no presentes se
encontraba Judas, el traidor, el "hijo de perdición" (Jn.
17:12). Esto nos muestra que aquellos nueve simbolizaban el grupo de
hombres y mujeres que, desgraciadamente, se perderían para
siempre, sin beneficio de la bondad del Cielo y la gloria de Dios.
Jesús no dejará de decir en sus discursos: "Muchos son
los llamados, pero pocos los elegidos." (Mt. 22:14)
" Y he aquí dos
varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y
Elías; Que aparecieron en majestad, y hablaban de su salida, la
cual había de cumplir en Jerusalén. "
Dios quiere la
salvación de todo hombre y mujer que El creó en el Amor.
Esto es cierto y así lo será hasta el fin del mundo.
Pero, ¿quién quiere seguir al Señor hasta el
oprobio de la Cruz del Calvario, para recibir en tal modo la Gloria de
la Resurrección en el Espíritu Santo? ¿Qué
hombre, qué mujer, dialoga con Jesús en la Santa
Comunión, pidiéndole en el silencio de su corazón
que se le concedan las gracias necesarias para llevar su cruz todos los
días?
Porque, he aquí
nuestra Transfiguración diaria: ¡la Comunión del
Cuerpo y la Sangre de Cristo! Mediante ella, nosotros somos ya
glorificados y transfigurados con Cristo, caminando paso a paso en el
camino, a veces dulce, otras veces espantoso, de nuestra vida en la
tierra. Mediante el misterio de la Transfiguración, en la
presencia de Moisés y Elías, Jesús quería
mostrarle a los apóstoles por adelantado lo que sería la
Gloria de su Resurrección. De ese modo, ellos serían
capaces de soportar mejor la prueba de la Cruz y la Pasión de su
Maestro. Del mismo modo nosotros podemos recibir a Jesús
resucitado para llevar mejor nuestra cruz de cada día.
" Pedro y los que estaban
con él, estaban cargados de sueño: y como despertaron,
vieron su majestad, y a aquellos dos varones que estaban con él.
Y aconteció, que apartándose ellos de él, Pedro
dice a Jesús: «Maestro, bien es que nos quedemos
aquí: y hagamos tres pabellones, uno para ti, y uno para
Moisés, y uno para Elías»; no sabiendo lo que se
decía. "
¡Pedro está
colmado de la alegría del Espíritu! ¡Pedro es
feliz! ¿No lo estaríamos nosotros también si
Jesús viniera a visitarnos en su gracia? ¿O tal vez
cuando nos acercamos al altar para recibir el Cuerpo de Cristo? En
verdad, Pedro está colmado de felicidad, a tal punto que no sabe
lo que dice: "no sabiendo lo que se decía". El día de
Pentecostés, en la fiesta de los Tabernáculos, Pedro
está loco de felicidad por la unción del Espíritu
Santo que lo ha invadido. La gente creía también que
Pedro y los apóstoles estaban verdaderamente embriagados:
"...que están llenos de mosto" (Hechos 2:13). ¡De hecho,
aquél era el vino del Espíritu, que acababan de beber!
" Y estando él
hablando esto, vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor
entrando ellos en la nube. Y vino una voz de la nube, que decía:
«Este es mi Hijo amado; a él oid!» Y pasada
aquella voz, Jesús fué hallado solo: y ellos callaron; y
por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que
habían visto. "
Jesús, Moisés
y Elías desaparecieron en la nube que los cubrió. Pedro,
Juan y Jacobo se asustan de lo que han visto. Pero, ¿a
qué temen los apóstoles? ¿Temen a la nube, o a la
voz del Padre? De hecho, se trata aquí de un mismo Misterio: el
de la Nueva Alianza en Jesús Hijo de Dios. La nube hace
desaparecer los representantes de la Antigua Ley: Moisés y
Elías, dejando lugar a la Nueva Ley en Jesucristo. El Padre que
habla, no es más que la proclamación de la Buena Nueva
viviente en Jesús Hijo de Dios. La nube y la voz del Padre
conducen ambas a Jesús, sólo a El: "Y pasada aquella voz,
Jesús fué hallado solo."
La novedad posee una cierta
atracción: ¡ella cambia! Sin embargo, la novedad
también causa temor, porque lo nuevo para nosotros es
desconocido. Lo mismo nos pasa con la vida nueva en Jesucristo: Ella
nos atrae, pero también, en cierto sentido, nos causa temor.
¿Quién no teme a la muerte? Y sin embargo, solo la muerte
nos puede llevar a esta vida nueva en Jesús, Hijo de Dios. Todos
los hombres y mujeres de la tierra son llamados por Dios a compartir su
vida por la eternidad, pero, ¿quién entre ellos
será el elegido de Dios? Felicidad y temor, amor y justicia:
¡he aquí las parejas inseparables!
" Y ellos callaron; y por
aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían
visto. "
Aun si el Espíritu
de Dios ha dado a alguno la íntima convicción de ser un
elegido del Señor, ¿por qué habría
él de anunciarlo desde los tejados? Antes que nada, por
humildad, debería temer de haberse equivocado: "errare humanum
est!" Arriesgaría también de suscitar la envidia de los
demás, una envidia que el demonio no dudaría en atizar.
¡Mejor esperar el día de la Resurrección de los
Muertos para hablar de ello! Así hicieron los apóstoles,
especialmente Pedro, que esperó la Resurrección de su
Maestro, y aún más tiempo, antes de hablar de la
Transfiguración del Señor, tal como lo hizo en su segunda
epístola (cf. 2 P. 1:17).
La Santísima Virgen
María a vivido este Misterio de la Transfiguración de una
manera muy particular: durante nueve meses ella llevó a
Jesús dentro de sí y disfrutó de una intimidad
única con su Hijo Divino. Pidámosle a Jesús de
hacernos partícipes de aquella felicidad cada vez que
comulguemos con El en su Eucaristía, ¡que venga a nosotros
para transfigurarnos en El!
¡Suscripción a la homilía
semanal del Padre Daniel Meynen
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