Homilía para el segundo Domingo de Adviento - Año C - Lc. 3:1-6


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" El año quince del reinado de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, estando Herodes al frente de Galilea, su hermano Filipo al frente de Iturea y de la región de Traconítida y Lisanias al frente de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, Dios habló a Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. Y él fue recorriendo toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para recibir el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías (40:3-5): «Voz que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus sendas; que los valles se eleven, que los montes y colinas se abajen, que los caminos tortuosos se hagan rectos y los escabrosos llanos, para que todos vean la salvación de Dios.» "




Homilía:


" El año quince del reinado de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, estando Herodes al frente de Galilea, su hermano Filipo al frente de Iturea y de la región de Traconítida y Lisanias al frente de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, Dios habló a Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. "


San Lucas, en el Evangelio de este segundo domingo de Adviento, nos da un tiempo preciso en el que el Señor se dirigió interiormente a Juan Bautista para revelarle su misión: ¡preparar la venida del Señor! Era necesario que de una manera precisa y bastante clara, cada uno pudiera hacer referencia al tiempo en el que vendría a la tierra El que es eterno, fuera del tiempo, y por consiguiente, Amo del tiempo. Cuando el Señor vino por primera vez, se realizó lo que San Pablo (compañero de viaje de San Lucas) llamó la plenitud del tiempo. "Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo nacido de una mujer." (Gal. 4:4)


Juan Bautista es el Precursor del Señor: prepara su venida, su primera venida. Juan sólo tiene un amor: Dios, la Palabra de Dios que le fue revelada! Juan fue santificado antes de su nacimiento por la gracia de Dios., gracia llevada por la palabra misma de la Madre de Dios. En la que el Verbo acababa de encarnarse. "Y dijo (Isabel) alzando la voz: (...) Tan pronto como tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno." (Lc. 1:44) Esa gracia que recibió Juan en el seno de su madre Isabel ya hizo de él otro hombre, otra criatura que ya no vivía para él sino únicamente para Dios. Juan no lo sabe todavía claramente. Pero el Espíritu lo empuja al desierto y allí recibe la luz que le revela su misión: ¡preparar los caminos del Señor!


Cualquier otro se hubiera sentido abatido, aterrorizado por tal misión. Pero Juan no tiene ningún vínculo con este mundo y le importan poco las riquezas, los honores, la gloria que una vida puramente humana podría darle. La gracia está allí, en él, poderosa, amante, previsora, siempre dispuesta a ayudar a aquel que la haya acogido sin reserva. Día tras día, a medida que las disposiciones humanas de Juan se fueron desarrollando con la edad y según las circunstancias, Juan no dejó de acoger esa gracia, hasta el día en que se deja conducir por el Espíritu y va al desierto para recibir la luz decisiva, la que le dicta los detalles de su misión. Como siempre, prendado del amor de Dios, Juan responde a la llamada de Dios y comienza a predicar, según lo que el Espíritu le dictó...


" Y él fue recorriendo toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para recibir el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías (40:3-5): «Voz que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus sendas; que los valles se eleven, que los montes y colinas se abajen, que los caminos tortuosos se hagan rectos y los escabrosos llanos, para que todos vean la salvación de Dios.» "


¿Por qué Juan se pone a predicar un bautismo de arrepentimiento para la remisión de los pecados? ¿Acaso no es él mismo también "pecador"? ¿No nació como todo hombre, como toda mujer (excepto la Virgen María), con el pecado original? ¿Esa gracia que Juan recibió, no habría borrado en el la huella del pecado de nuestros primeros padres Adán y Eva? No, pero a pesar de su estado de hombre pecador, Juan ha reconocido la gracia de Dios que se encuentra en él, reconoce esa gracia, sabe lo que está haciendo en él, sabe que el amor de Dios está sobre él y en él. Y persistiendo en una profunda y real humildad, Juan Bautista ama a Dios como a su Padre, que ha hecho de él un hijo según su corazón.


En esa misión, Juan se mantiene humilde, y cuando Jesús viene a él para hacerse bautizar él también, Juan parece primero negarse. "Entonces Jesús fue de Galilea al Jordán para que Juan lo bautizara. Pero Juan quería impedirlo, diciendo: «Yo soy el que necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» Jesús le respondió: «¡Déjame ahora, pues conviene que se cumpla así toda justicia!» Entonces Juan accedió a ello." (Mt. 3:13-15) Juan se mantiene humilde en su misión: si el amor de Dios está en él, no le toca a él enseñarlo a cualquiera, ni siquiera en ese momento supremo en el que es llamado a bautizar Al que es el Amor en persona.


Pero esa renuncia de Juan ¿no es en seguida recompensada por la manifestación del Padre que, durante el bautizo de Jesús, hace oír su voz diciendo: "Este es mi hijo amado, mi predilecto!" (Mt. 3:17)? Pues, en esa voz del Padre, ¿cómo se podría disociar lo que respecta a Jesús de lo que se refiere a Juan? Cuando el Padre habla, está claro que se refiere primero y principalmente a Jesús su Hijo, que es Dios como él. Pero ¿quién es Jesús, sino nuestro hermano, el de todos nosotros? ¿quién es Jesús, sino la Cabeza de ese gran Cuerpo que es la Iglesia? Juan se humilla, cumple su misión y el Padre lo glorifica en Jesús, que es su Hijo única según la naturaleza divina, pero el primero nacido de una multitud de hermanos (cf. Rm. 8:29).


La acogida de la gracia de Dios en la humildad: así se prepara la venida del Hijo de Dios. La Virgen María lo hizo así hasta el día tan esperado en que el Verbo de Dios se encarnó en ella. Los santos y las santas que han hecho la Iglesia de todos los tiempos, día tras día, siglo tras siglo, han hecho lo mismo. Hoy en día la gracia de Dios todavía se nos ofrece, principalmente en la Eucaristía, donde recibimos al autor mismo de la gracia. Recibamos a Jesús con amor, con reconocimiento, con humildad. Y si es Señor de los Señores nos pide seguirle para conquistar el mundo entero, ya no será el momento de dudar: digámosle "sí" con un gran corazón. "¡Padre, venga a nosotros tu reino!"