Homilía para el vigésimo octavo Domingo del Año - Año C - Lc. 17:11-19
 
 
por el
 
Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 
 
" Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?» Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.» "
 
 
 
Homilía:
 
 
" Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» "
 
Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn. 1:26). El Señor dio al hombre un cuerpo y un alma, para que por esos dos elementos que lo componen, el hombre sea verdaderamente la criatura más próxima de Dios, y, al mismo tiempo, el resumen de toda la creación. Puesto que, en el universo que el Señor a creado en su Amor, hay en un extremo los seres materiales que son siempre muchos en cantidad y compuestos a su vez por varios elementos; y en el otro extremo, los seres espirituales - los ángeles - que son siempre simples y únicos. Así, en el hombre, Dios reunió la multiplicidad - en su cuerpo - y la unicidad - en su alma. Y de ese modo, el Señor ha creado en el hombre un ser que se le parece, porque, en su Amor infinito, Dios es varias Personas divinas, eternamente unidas entre ellas.
 
¿Cómo entonces el Amor Creador podría dejar a los hombres y a las mujeres como presa de todo lo que busca destruir sus cuerpos y almas? Dios quiere salvar a todos los hombres y a todo el hombre. El Hijo de Dios vino sobre la tierra y se hizo hombre para que, por el Sacrificio redentor de la Cruz, la Vida eterna, la Vida misma de Dios se vuelva un día una parte asignada al hombre todo entero, cuerpo y alma. ¡Asimismo, cuando esos diez leprosos van al encuentro de Cristo, el Señor Jesús no puede impedirse pensar en su Misión: curar los cuerpos, pero también y sobre todo curar las almas! Si bien Jesús quiere curar a esos diez hombres de la lepra que los agobia y los desfigura, tiene la intención de tocar el corazón de cada uno de ellos en particular antes que nada, para que allí, en los corazones, sea plenamente restaurada la imagen de Dios.
 
" Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. "
 
Jesús los vio... vio la fealdad de sus cuerpos, y sobretodo la de sus rostros... Habían perdido esa belleza que era un reflejo del esplendor del Creador... Pero Jesús vio también el alma de cada uno de ellos. En algunos, el alma era más desagradable que el cuerpo... ¡En otros, Jesús veía todavía en sus almas ese vestigio de la creación primera, vestigio sobre el cual iba pronto a derramarse la Sangre de su Sacrificio supremo para la Resurrección final! ¡Y en esa mirada, Jesús veía el último día de la humanidad a todos los elegidos de Dios reunidos con el para subir hacia su Padre, en una mutua contemplación eterna! Entonces, habiéndolos mirado bien, Jesús - Señor de toda la Creación - no dudo en darles una orden: "Id y presentaos a los sacerdotes."
 
Los diez leprosos, todos, obedecieron la orden del Señor: se fueron a mostrar a los sacerdotes. Cada leproso, una vez curado, debía en efecto ir a mostrarse al sacerdote para hacer constatar oficialmente su curación y volver a encontrar así el derecho de volver a mezclarse a los otros hombres. Pero, hecho sorprendente, en el mismo momento en que los diez leprosos deciden partir para ir a mostrarse a los sacerdotes, no están todavía curados, por lo menos en sus cuerpos... ¡No es sino luego de haber emprendido el camino que se encuentran curados de la lepra! De hecho, estaban ya curados en sus almas, y fue esa curación espiritual, la más importante a los ojos de Dios, la que les permitió ponerse en marcha, esa marcha que fue el escenario de su curación corporal...
 
" Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?» Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.» "
 
¡He aquí entonces a los diez leprosos curados! Pero, hecho sorprendente, no hay sino solo uno de los diez que piensa en volver sobre sus pasos para agradecer al Señor de haberlo curado... ¿Quizás los otros nueve agradecieron al Señor en su corazón? En todo caso, todos fueron curados. Es lo que surge muy claramente de las palabras mismas del Señor: "¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?" Se puede pensar que los diez recibieron de Dios la gracia necesaria para ir a agradecerle el haberlos curado. Pero, desgraciadamente, solo se encontró un solo hombre para responder fielmente a ese llamado del Señor...
 
Es una lección para todos nosotros, una lección de vigilancia y de gratitud hacia la Providencia divina. El camino de la vida espiritual, figurado en esa ruta tomada por los diez leprosos es un camino difícil, a veces lleno de obstáculos. Solo el que es vigilante sigue el buen camino que es Cristo (cf. Jn. 14:6). Es por otra parte el solo y el único camino que salva: "Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.» " En el Camino de la Salvación, todo cuenta: es toda nuestra persona, cuerpo y alma que debe dar gracias a Dios. ¡No hay que seguir a Jesús de lejos: hay que estar muy cerca de Él, con nuestra fé, con nuestra esperanza, con nuestra caridad, pero también con nuestro cuerpo, como Maria estuvo de píe, presente, al pié de la Cruz, como una mujer fuerte! ¡El Salvador de los hombres no es un ser ausente y que está lejos nuestro: está aquí, muy cerca, tan cerca que viene a nuestro interior con cada Eucaristía!