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Homilía para el
vigésimo séptimo Domingo del Año - Año C -
Lc. 17:5-10
por el
Canónigo Dr. Daniel Meynen
" Y dijeron los
apóstoles al Señor: «Auméntanos la
fe.» Entonces el Señor dijo: «Si tuvieseis fe como
un grano de mostaza, diréis a este sicómoro:
Desarráigate, y plántate en el mar; y os
obedecerá.»
" «¿Y
quién de vosotros tiene un siervo que ara ó apacienta,
que vuelto del campo le diga luego: Pasa, siéntate a la mesa?
¿No le dice antes: Adereza qué cene, y
arremángate, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y
después de esto, come tú y bebe? ¿Da gracias al
siervo porque hizo lo que le había sido mandado? Pienso que no.
Así también vosotros, cuando hubiereis hecho todo lo que
os es mandado, decid: Siervos inútiles somos, porque lo que
debíamos hacer, hicimos.» "
Homilía:
" Y dijeron los
apóstoles al Señor: «Auméntanos la
fe.» Entonces el Señor dijo: «Si tuvieseis fe como
un grano de mostaza, diréis a este sicómoro:
Desarráigate, y plántate en el mar; y os
obedecerá.» "
He aquí un evangelio
bien corto que, aunque breve, nos da una lección completa sobre
la fe y sobre nuestra relación con Dios. Porque,
¿Qué es la fe, sino esa virtud sobrenatural a
través de la cual la vida eterna está ya en nosotros (cf.
San Tomás de Aquinas, Suma Teológica, IIa IIae, q. 4, a.
1, corp.)? Mediante la fe, de hecho, vivimos ya la misma vida de Dios:
vivimos en comunión con Dios.
Sin embargo, no vemos a
Dios. Durante nuestros días sobre esta tierra y no
todavía en la Patria, ante nuestros ojos Dios permanece
invisible. Creemos en el Dios que no vemos, en el Dios que, no
obstante, se revela en Jesús, su Hijo, "la imagen de Dios
invisible" (Col. 1:15). Pero, justamente porque Dios se revela en
Jesucristo, la fe nos da una cierta visión de Dios, una
visión sobrenatural que se percibe con el alma, no con el
cuerpo...
Creer en Dios: ¡es la
cosa más maravillosa que podamos lograr en este mundo! ¡El
acto de fe es el más agradable a Dios! Porque aquél que
cree verdaderamente en Dios, de todo corazón y con todo su ser,
con todas sus fuerzas, aquél renuncia verdaderamente a todo
aquello que no es Dios; renuncia a sí mismo, a su propia
persona, para no amar más que a Dios, y para ser uno con
Él. Es esto lo que agrada a Dios. No hay duda alguna que es el
Espíritu de Dios que empujó a los Apóstoles a
pedir a Jesús: "Auméntanos la fe!"
Por cierto, la respuesta
del Señor puede parecer un reproche: "Si tuvieseis fe como un
grano de mostaza, diréis a este sicómoro:
Desarráigate, y plántate en el mar; y os
obedecerá." Sin embargo, se trata de una explicación.
¿Acaso no vino Jesús para enseñar, Él, que
es el Maestro de todas las cosas? Sea lo que sea, reproche o
explicación, las palabras de Jesús son palabras de oro,
semejantes a aquellas escritas por San Mateo: "Por vuestra
incredulidad; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un
grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de
aquí allá: y se pasará: y nada os será
imposible." (Mt. 17:20)
" «¿Y
quién de vosotros tiene un siervo que ara ó apacienta,
que vuelto del campo le diga luego: Pasa, siéntate a la mesa?
¿No le dice antes: Adereza qué cene, y
arremángate, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y
después de esto, come tú y bebe? ¿Da gracias al
siervo porque hizo lo que le había sido mandado? Pienso que no.
Así también vosotros, cuando hubiereis hecho todo lo que
os es mandado, decid: Siervos inútiles somos, porque lo que
debíamos hacer, hicimos.» "
Esta parábola, esta
lección, completa las enseñanzas de Jesús sobre el
tema de la fe. En realidad, no se trata más de fe, sino de
obediencia. Es cierto. Pero esas dos cosas forman una unidad. Cuando
alguien cree en el Dios que no ve, en Dios que se revela en su Hijo
Jesús, se rebaja y se humilla ante un ser - el Ser por
excelencia - infinitamente más sabio y más poderoso que
él. El que cree en Dios no hace más lo que él
quiere, sino lo que Dios quiere: cumple la voluntad de Dios, obedece a
Dios, quien dicta su Palabra en su Hijo Jesús.
Pero eso no es todo, porque
Dios no obra como los hombres. Dios no obra como aquel maestro que
describe la parábola que cuenta Jesús. Entre los hombres,
aquel que se rebaja ante su maestro, aquel que es sirviente, no
logrará que su maestro se venga a postrar ante él para
tratarlo como igual. "¿No le dice antes: Adereza qué
cene, y arremángate, y sírveme hasta que haya comido y
bebido; y después de esto, come tú y bebe?" Sin embargo,
en la casa del Señor, esto no pasa: Al obedecer a Dios y cumplir
con Su voluntad creyendo en El, un hombre logra que Dios cumpla con su
voluntad; de cierto modo, Dios obedece al hombre.
De hecho, Jesús
dice: "Si tuvieseis fe como un grano de mostaza, diréis a este
sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os
obedecerá." Se trata de un milagro, de una derogación a
las leyes de la naturaleza: si un árbol se tirara por sí
mismo al mar, si una montaña se desplazara por sí misma
porque nosotros creímos que Dios lo podría hacer,
entonces no habría duda que no se trata de un acto natural, sino
de una acción de Dios. ¡Si hiciéramos la voluntad
de Dios, entonces Dios haría nuestra voluntad!
¿Nos
obedecería siempre Dios? No. Algunas veces sí, pero
raramente... No es sorprendente. La fe es la fe. Mientras que no
estemos en el cielo, no veremos a Dios. Muy a menudo, nuestra falta de
visión proviene de nuestra carencia de fe, o al menos de una fe
que no es suficientemente fuerte como para ver a Dios actuar entre
nosotros y hacer nuestra voluntad... Antes que nada, ¿la
merecemos? ¿Acaso la fe no es una gracia, un don gratuito de
Dios? Entonces, conformémonos con creer, como podemos, como
mejor podemos, y Dios hará el resto, aunque quizás no lo
veamos: "Cuando hubiereis hecho todo lo que os es mandado, decid:
Siervos inútiles somos, porque lo que debíamos hacer,
hicimos."
La Santísima Virgen
María siempre ha creído en Dios, de una manera
absolutamente perfecta. Su recompensa fue el ser Madre de Dios y, en
verdad, vio a Dios obedecerla en Jesús, su Hijo según la
carne. Pero, cuando María vio a su Hijo morir en la Cruz del
Calvario, al ver el fruto de su fe inmaculada reducido a nada por los
verdugos, pudo decir por un tiempo que pareció interminable,
hasta llegar el día de Pascua: "Siervos inútiles somos,
porque lo que debíamos hacer, hicimos!" ¡Amen!
¡Suscripción a la homilía
semanal del Padre Daniel Meynen
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