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Homilía para el
Domingo de Pascua del 2004 - Jn. 20:1-9
por
el Padre Daniel Meynen
"Y el primer día de
la semana, María Magdalena vino de mañana, siendo
aún obscuro, al sepulcro; y vió la piedra quitada del
sepulcro. Entonces corrió, y vino a Simón Pedro, y al
otro discípulo, al cual amaba Jesús, y les dice: «
Han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le
han puesto. » Y salió Pedro, y el otro discípulo, y
vinieron al sepulcro. Y corrían los dos juntos; mas el otro
discípulo corrió más presto que Pedro, y
llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar,
vió los lienzos echados; mas no entró. Llegó luego
Simón Pedro siguiéndole, y entró en el sepulcro, y
vió los lienzos echados, Y el sudario, que había estado
sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino envuelto en un lugar
aparte. Y entonces entró también el otro
discípulo, que había venido primero al sepulcro, y
vió, y creyó. Porque aun no sabían la Escritura,
que era necesario que él resucitase de los muertos."
Homilía:
"Y el primer día de
la semana, María Magdalena vino de mañana, siendo
aún obscuro, al sepulcro; y vió la piedra quitada del
sepulcro."
¡Jesús ha
resucitado! ¡Hoy celebramos el misterio más grande de
nuestra fe! Hoy la Iglesia y, mediante ella, el mundo entero siente
resonar esta Buena Nueva: ¡Cristo ha resucitado! La
Resurrección del Señor Jesús es la Buena Nueva que
cada uno de nosotros está llamado a acoger en lo más
profundo de nuestro corazón, no solo hoy sino cada día de
nuestra vida. Porque cada día estamos llamados a renacer y a
continuar nuestra vida en Jesús resucitado. No hay un día
que haya creado Dios que pueda transcurrir sin que nosotros necesitemos
de la fuerza y el poder de la Resurrección de Jesús, el
Hijo de Dios hecho Hombre. La Resurrección de Cristo: ¡he
aquí nuestra fuerza, nuestro socorro, ahora y siempre!
Cada día nos trae
cierta incertidumbre, temores, desdicha... En esto consiste nuestra
vida. ¿Contra qué podemos nosotros? El pecado, el mal, el
sufrimiento y, finalmente, la muerte, forman parte de nuestra vida
cotidiana. Somos descendientes de Adán y Eva, que nos dejaron
una herencia funesta, porque fueron tentados por el demonio... No
obstante, nos encontramos aquí, siendo hijos e hijas de Dios,
herederos del Padre, en Cristo Jesús. Cada día, sobre
todo cuando la desdicha nos acecha, el Espíritu de Dios que vive
en nuestros corazones se encuentra presente para revivir en nuestros
corazones este recuerdo: ¡Jesús, primogénito entre
una multitud de hermanos, está resucitado! Cada día, y
más que nunca hoy, día de Pascua, esta Buena Nueva es
nuestra fuerza y nuestra alegría, para la Gloria de la
Santísima Trinidad, ¡Padre, Hijo y Espíritu Santo!
La fuerza y el poder de la
Buena Nueva de Jesús resucitado proviene precisamente del hecho
que se trata de una "noticia", de un hecho "nuevo". Como lo nuevo
sorprende y asombra, también la "Nueva" obtiene su fuerza y su
poder en este asombro. Por supuesto, una "nueva" puede sembrar miedo,
inseguridad, trastorno. ¡Pero la Resurrección del
Señor es una "Buena" Nueva! ¡Se trata de una Nueva que
trae la Paz, la Felicidad, la Dicha! ¿Esto no es acaso lo que
sintió María Magdalena la mañana de Pascua, al
descubrir que la tumba estaba abierta y que el cuerpo de Jesús
había desaparecido? María Magdalena ciertamente se
sorprendió y asombró por todo aquello, pero el
Espíritu Santo supo consolarla y darle la claridad para
comprender, poco a poco, todo lo transcurrido...
"Entonces corrió, y
vino a Simón Pedro, y al otro discípulo, al cual amaba
Jesús, y les dice: « Han llevado al Señor del
sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto. » Y
salió Pedro, y el otro discípulo, y vinieron al sepulcro."
María Magdalena va a
anunciar a Pedro y también a Juan, el discípulo que
Jesús más amaba. Ella no les dice: « Jesús
ha resucitado », sino les dice: « ¡Han llevado al
Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto!
» Porque María Magdalena, como mujer inspirada de un
espíritu práctico, con los pies sobre la tierra bien que
su espíritu está ya en el cielo; no quiere atenerse
más que a esta "Buena Nueva" que conoce con certeza: «
¡Han llevado al Señor del sepulcro! » María
Magdalena ha relevado y notado los "signos de los tiempos": «
¡Han llevado al Señor del sepulcro! » No le interesa
analizar ahora lo que acaba de descubrir: la única cosa que
cuenta para ella es de avisarle a Pedro y a los Apóstoles,
porque son ellos los que Jesús ha designado para continuar su
misión sobre la tierra.
"Y corrían los dos
juntos; mas el otro discípulo corrió más presto
que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a
mirar, vió los lienzos echados; mas no entró.
Llegó luego Simón Pedro siguiéndole, y
entró en el sepulcro, y vió los lienzos echados, Y el
sudario, que había estado sobre su cabeza, no puesto con los
lienzos, sino envuelto en un lugar aparte."
El espectáculo que
se ofrece a los ojos de Pedro y de Juan los deja estupefactos: todo
exuda paz, orden, tranquilidad. Esto los sorprende al máximo: Es
imposible que se hayan llevado el cuerpo dejando las cosas en tal
estado. La sorpresa y el asombro dejaron lugar lentamente a una
íntima y profunda convicción: el Maestro, Aquél
quien ellos cobardemente abandonaron, y renegaron, como lo hizo Pedro,
sí, ¡el Maestro resucitó, como lo había
dicho! "Y entonces entró también el otro
discípulo, que había venido primero al sepulcro, y
vió, y creyó." Los hechos hablan por ellos mismos, los
"signos de los tiempos" no dejan lugar a ninguna duda. Pedro y Juan han
comprendido: ¡ellos son los testimonios de la "Buena Nueva"!
"Porque aun no
sabían la Escritura, que era necesario que él resucitase
de los muertos."
Si bien los
Apóstoles no creían en la Resurrección del
Señor antes de haber visto la tumba vacía y los lienzos
prolijamente arreglados, en orden, había no obstante ya alguien
que ya creía: era María, la Madre de Jesús.
Gracias a su fe pura, sin tacha y sin defecto, María ha sido
instruida sin cesar por el Espíritu Santo. Desde los tiempos de
la Encarnación, día tras día, María
recibió del Espíritu Santo la "Buena Nueva" que ella se
apresuraría a descubrir en realidad, pese a que debería
pasar por la dura y penosa prueba de la Cruz. ¡Pidámosle a
María que nos ayude a recibir y a comprender cada vez más
la Buena Nueva y la Resurrección del Señor!
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semanal del Padre Daniel Meynen
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