Homilía para el primer Domingo de Adviento - Año C - Lc. 21:25-28 & 34-36


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" «Habrá señales en el sol, en la luna y en los astros; las naciones estarán angustiadas en la tierra y enloquecidas por el estruendo del mar y de las olas; los hombres, muertos de terror y de ansiedad por lo que se le echa encima al mundo, pues las columnas de los cielos se tambalearán. Entonces verán al hijo del hombre venir en una nube con gran poder y majestad. Cuando comiencen a suceder estas cosas, tened ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.


" «Cuidad de que vuestros corazones no se emboten por el vicio, la borrachera y las preocupaciones de la vida, y caiga de improviso sobre vosotros este día como un lazo, porque así vendrá ese día sobre todos los habitantes de la tierra. Estad alerta y orad en todo momento para que podáis libraros de todo lo que ha de venir y presentaros ante el hijo del hombre.» "




Homilía:


" «Habrá señales en el sol, en la luna y en los astros...» "


Un año litúrgico se acaba; un nuevo año litúrgico empieza! Así es el curso de la vida... paso a paso, la humanidad avanza hacia su destino. Los cristianos testifican siempre, desde el día de Pentecostés, que el Dios del Cielo y de la tierra, el Rey de los reyes, el Señor de los señores, vino a la tierra hace dos mil años con el fin de revelarse en persona a todos los hombres de buena voluntad y de salvarlos por su sangre derramada en la Cruz del Calvario. Una vez más, y cada vez más fuerte, la Iglesia de Cristo grita a los oídos del mundo entero: "Jesús es Señor!"


El Señor vino, el Señor volverá; tal es nuestra fe. Pero el sentido de este tiempo de Adviento que inaugura el nuevo año litúrgico, es que Jesús viene ahora, hoy mismo, a nuestro corazón, a nuestra alma, a toda nuestra persona. ¿Cómo viene Jesús ahora? Jesús viene ahora a nosotros de la misma manera que vino y de la misma manera que volverá. Porque el momento presente, este instante de hoy en que Jesús viene a nosotros, está determinado por un pasado y por un futuro: el momento presente es inaccesible, viene siempre como la continuación de lo que ocurrió, y como preparación de lo que debe pasar.


Jesús vino en la humildad; Jesús volverá en la gloria. Jesús viene ahora, al mismo tiempo en la humildad y en la gloria. ¿No es ese doble aspecto de humildad y de gloria el que volvemos a encontrar en Jesús-Eucaristía? Porque es el Jesús resucitado y glorioso el que recibimos en la Santa comunión, pero, al mismo tiempo, es el Jesús escondido, invisible, pequeño y humilde, el que esta presente bajo los aspectos del pan y del vino eucarísticos. Así es la venida de Cristo hoy; en la Eucaristía de cada domingo, de cada día incluso. Que este adviento sea para nosotros un adviento eucarístico.


" «Habrá señales en el sol, en la luna y en los astros; las naciones estarán angustiadas en la tierra y enloquecidas por el estruendo del mar y de las olas; los hombres, muertos de terror y de ansiedad por lo que se le echa encima al mundo, pues las columnas de los cielos se tambalearán...» "


El evangelio de este domingo de adviento nos habla de la segunda venida de Jesús, en el final de los tiempos. La vuelta del Señor será precedida por varias catástrofes naturales: el texto de hoy es claro sobre ese asunto. ¿Pero es importante hablar de ello? A primera vista si, porque el Señor habló de ello, y, vista su sabiduría infinita, no habló sin razones. Pero para decir que el Señor habló de ello, hay que tener la fe; es nuestra fe la que nos permite decir que esas palabras son las de Jesús, Hijo de Dios. Es, pues, importante hablar de esas catástrofes sólo si creemos que son signos dados por el Señor para anunciar su próxima vuelta. Pero si no lo creemos, mejor no discutir sobre eso, porque sería para nosotros razón de angustias vanas e inútiles, como lo será para las naciones paganas: "...las naciones estarán angustiadas en la tierra y enloquecidas por el estruendo del mar y de las olas..."


" «Entonces verán al hijo del hombre venir en una nube con gran poder y majestad. Cuando comiencen a suceder estas cosas, tened ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.» "


Los que crean los signos que les haya dado el Señor para anunciar su vuelta, estarán listos para recibirle. La fe, esa fuerza, esa potencia que viene de Dios mismo, les dará el ánimo para quedarse de pie en el Día del Hijo del Hombre: se quedaran de pie con la cabeza alta, sin orgullo, pero con esa confianza y esa seguridad que el Espíritu de Dios da a los que creen en él, que es la Potencia misma de Dios. Pero todo esto se prepara hoy, no mañana, porque el día y la hora de la vuelta del Señor nos son desconocidos Si no nos preparamos hoy en recibir al Señor cuando vuelva, temamos que este Día nos sorprenda de improviso.


" «Cuidad de que vuestros corazones no se emboten por el vicio, la borrachera y las preocupaciones de la vida, y caiga de improviso sobre vosotros este día como un lazo, porque así vendrá ese día sobre todos los habitantes de la tierra.» "


¡La fe! La fe es nuestra única garantía para evitar nuestra perdición y desgracia eterna. La fe es nuestra medida, nuestro regulador dentro de toda nuestra vida: fe es la que nos permite guardar una justa medida en la posesión y el uso de los bienes de este mundo. Aquel que cree de verdad en Jesús Hijo de Dios, que vino y volverá, evitará el exceso de la mesa, la borrachera y las preocupaciones de la vida. Es por la fe que ya, ahora, Jesús viene a nosotros para comunicarnos su vida, la Vida eterna que recibe de Dios su Padre: es por la fe que Jesús-Eucaristía entra en comunión con nosotros para que seamos miembros de su Cuerpo, anticipando en nosotros la glorificación de los hijos de Dios tal como se revelará a la luz del día en el final de los tiempos.


" «Estad alerta y orad en todo momento para que podáis libraros de todo lo que ha de venir y presentaros ante el hijo del hombre.» "


Las catástrofes que Jesús anuncia como signos de su vuelta próxima serán bien vividas o mal vividas: todo depende de nosotros, de nuestra fe, o de nuestra incredulidad... Si creemos en la Palabra de Dios, entonces "escaparemos" a esas desgracias, porque entonces, no serán desgracias sino más bien una bendición, un medio último, para demostrar nuestra fe y nuestro amor al Señor, para purificarnos una última vez antes de verle cara a cara, tal como es por la eternidad. Pidamos a la Muy Santa Virgen María, quien esperó fielmente al Señor en su primera venida, pidamos que nos ayude todos los días de nuestra vida a vivir nuestro encuentro con su Hijo, el Señor Jesús.