Homilía para el decimoquinto Domingo del Año - Año C - Lc. 10:25-37
 
 
por el
 
Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 
 
" Y he aquí, un doctor de la ley se levantó, tentándole y diciendo: «Maestro, ¿haciendo qué cosa poseeré la vida eterna?» Y él dijo: «¿Qué está escrito de la ley? ¿cómo lees?» Y él respondiendo, dijo: «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento (Deut. 6:5) y a tu prójimo como a ti mismo. (Lev. 19:18)» Y díjole: «Bien has respondido: haz esto, y vivirás.» Mas él, queriéndose justificar a sí mismo, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»
 
" Y respondiendo Jesús, dijo: «Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; é hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Y aconteció, que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, se pasó de un lado. Y asimismo un Levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, se pasó de un lado. Mas un Samaritano que transitaba, viniendo cerca de él, y viéndole, fué movido a misericordia; Y llegándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole sobre su cabalgadura, llevóle al mesón, y cuidó de él. Y otro día al partir, sacó dos denarios, y diólos al hostelero, y le dijo: 'Cuídamele; y todo lo que de más gastares, yo cuando vuelva te lo pagaré.' ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fué el prójimo de aquél que cayó en manos de los ladrones?» Y él dijo: «El que usó con él de misericordia.» Entonces Jesús le dijo: «Ve, y haz tú lo mismo.» "
 
 
 
Homilía:
 
 
" Y he aquí, un doctor de la ley se levantó, tentándole y diciendo: «Maestro, ¿haciendo qué cosa poseeré la vida eterna?» Y él dijo: «¿Qué está escrito de la ley? ¿cómo lees?» "
 
Jesús, durante su vida en la tierra, como sus discípulos de ayer y de hoy, fue sometido a la prueba y al interrogatorio acerca de su enseñanza. Porque Jesús fue siempre en los ojos de sus contemporáneos un maestro, y el Maestro por excelencia. Aun en la ignominia, Cristo era aquél que lo sabe todo, porque El es Dios: "Y el centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, diciendo: «Verdaderamente Hijo de Dios era éste.»" (Mt. 27:54) Hoy como ayer, a partir del día de Pentecostés, la Iglesia también es considerada como custodia de la Verdad, que es Cristo mismo. Es también a la Iglesia que se le plantea la cuestión: "¿Haciendo qué cosa poseeré la vida eterna?"
 
Jesús responde a la pregunta, diciendo: «¿Qué está escrito de la ley? ¿cómo lees?» Porque la respuesta no es cosa para inventar: ella ya existe. No es para nada subjetiva, es mas bien objetiva. La respuesta es clara: ella está en la Palabra misma de Dios. Esta Palabra es Verdad: "Jesús le dice: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí." (Juan 14:6) Entonces, la primera respuesta a la pregunta: "¿Haciendo qué cosa poseeré la vida eterna?" consiste en decir que la vida eterna está en la verdad, esta Verdad que es Dios. La víspera de su Pasión, Jesús suplicaba así a su Padre, diciendo: "Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado." (Jn. 17:3)
 
¡Para obtener la vida eterna, hay que conocer a Dios, que es la Verdad! Pero este conocimiento de Dios es un conocimiento de amor: conocer la Verdad que es Dios es conocer a Dios, que "es Amor" (1 Jn 4:16). ¡Por lo tanto, no es necesario ser sabio para conocer a Dios! De hecho, muchas personas instruidas, eruditas, conocen a Dios. Pero la instrucción no es una necesidad. Justo antes de responder a la cuestión del legista, Jesús había dicho claramente: "Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, que escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños: así, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me son entregadas de mi Padre: y nadie sabe quién sea el Hijo sino el Padre; ni quién sea el Padre, sino el Hijo, y a quien el Hijo lo quisiere revelar." (Lc. 10:21-22)
 
" Y él respondiendo, dijo: «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento (Deut. 6:5); y a tu prójimo como a ti mismo. (Lev. 19:18)» Y díjole: «Bien has respondido: haz esto, y vivirás.» "
 
¡El conocimiento de Dios fue reservado para los más pequeños! No se trata del tamaño de nuestro cuerpo, sino del espíritu. ¿Es esto posible? ¿Cómo puede lo espiritual tener una dimensión? Simplemente, en el dejarse llevar por las atracciones del cuerpo y del mundo en el cual vivimos... Tal espíritu sería un espíritu soberbio, altanero, orgulloso... Aquel que posee tal espíritu no es pequeño: no está en el camino de la vida eterna... Pero aquél cuyo espíritu sabe desprenderse de los bienes de este mundo para establecerse en la humildad, aquél ya ha hecho un gran paso en el camino de la vida verdadera, ¡de la vida eterna en Dios, en Cristo!
 
Los pequeños son aquellos que obedecen a la Ley y a los mandamientos de Dios. Ellos observan con amor los preceptos del Señor: "Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento (Deut. 6, 5); y a tu prójimo como a ti mismo (Lev. 19, 18)." La humildad, la obediencia: he aquí las virtudes de aquellos que avanzan paso a paso hacia la morada de Dios, donde reina el Amor, la Paz, la Verdad de la Palabra eterna de Vida! No olvidemos la obediencia a la Iglesia, porque ella también enseña, siguiendo a Cristo. La Iglesia también tiene sus leyes y preceptos, leyes y preceptos humanos, es cierto, pero que tienen la autoridad de ley y que requieren nuestra buena voluntad, si un día queremos heredar la Gloria eterna junto a Dios...
 
" Mas él, queriéndose justificar a sí mismo, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» Y respondiendo Jesús, dijo: «Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó...» "
 
Esta parábola es muy conocida: es la que llamamos "la parábola del Buen Samaritano." Si fuera necesario que todo hombre y mujer de la tierra, desde los tiempos de la Creación hasta los últimos tiempos, conozca la Ley y la Palabra de Dios para obtener la vida eterna, me parece que el Paraíso sería un lugar desierto, poco poblado... Y el infierno tendría una nueva pena a la cual los hombres serían condenados: la superpoblación. Digo esto porque creo en las palabras del Evangelio: " Porque muchos son llamados, y pocos escogidos. " (Mt. 22:14), es decir que habrá más condenados que salvados. No obstante, la parábola del Buen Samaritano tiende a reequilibrar esto...
 
De hecho, está claro que Jesús admira la caridad del Buen Samaritano: por cierto, se trata de un gesto que salva al Samaritano de la condena, salvando también al herido de muerte de una muerte cruel. Jesús se lo dice al legista, después de la historia de la parábola: "Ve, y haz tú lo mismo." ¿Pero, cual fue en realidad el gesto del Buen Samaritano? ¿Acaso obedeció a la Ley, con la cual está en contradicción en cuanto a "Samaritano"? ¿Acaso escuchó la predicación de Jesús, uno de los judíos cuyo contacto debería evitar? No, nada de eso. ¡El Buen Samaritano escuchó a su conciencia! Actuó con rectitud, siguió su buena conciencia, ¡y es esto que lo puso en el buen camino de la Vida eterna! La prueba está en lo que le dijo al hostelero: "Cuídamele; y todo lo que de más gastares, yo cuando vuelva te lo pagaré."
 
"Porque muchos son llamados, y pocos escogidos." (Mt. 22:14) Esto es cierto, pese a la lectura de la parábola del Buen Samaritano. Fueron tres los que pasaron ante este hombre herido... y solo uno de los tres que ofreció su ayuda... Pensemos bien en nuestra respuesta: "¿Haciendo qué cosa poseeré la vida eterna?" ¡Pidámosle al Espíritu Santo que nos guíe cada día de nuestra vida! ¡Roguémosle a la Santísima Virgen María! Ella es la Madre de Dios, mediatriz de todas las gracias! Por su admirable virtud sin igual, ¡ella es la más pequeña entre los pequeños!