Homilía para la Solemnidad de
Cristo Rey del Universo - Año B - Jn. 18:33-37
por el
Canónigo Dr. Daniel Meynen
" Pilato
volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le
preguntó: «¿Eres tú el rey de los
judíos?» Jesús respondió: «¿Dices
esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?»
Pilato respondió: «¿Soy yo acaso
judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a
mí. ¿Qué has hecho?» Jesús
respondió: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino
fuera de este mundo, mis súbditos lucharían para que yo no
fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de
aquí.» Pilato le dijo: «¿Luego tú
eres rey?» Jesús respondió: «Tú lo
dices: yo soy rey. Yo para eso nací y para eso he venido al
mundo: para dar testimonios de la verdad. Todo el que es de la verdad
escucha mi voz.» "
Homilía:
" Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó
a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el
rey de los judíos?» "
Para coronar el año litúrgico que se acaba, la Iglesia
celebra una fiesta especial instituida por el Papa Pío XI (11 de
diciembre 1925): la fiesta de Cristo Rey del Universo. En el momento de
su institución, esta fiesta se celebraba el último domingo
del mes de octubre. Desde la reforma litúrgica del Concilio
Vaticano II, encuentra su sitio, más apropiado, el último
domingo litúrgico, o sea hoy.
En este último domingo, la Iglesia pretende coronar toda la vida
del Cuerpo místico de Cristo que el año litúrgico
simboliza periódicamente, año tras año. Es una
corona de gloria la que se pone en la cabeza de ese Gran Cuerpo que es
la Iglesia: es Cristo en persona, Cabeza de la Iglesia, que recibe
gloria y honor en un último coronamiento. El gran Rey del
Universo es coronado de gloria y majestad por los que son sus hermanos y
hermanas en el Espíritu Santo, para que Él que los
salvó de sus numerosos pecados sea para siempre alabado con un
cuerpo santo e inmaculado (cf. Ef. 5:27).
" Jesús respondió: «¿Dices
esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?» Pilato
respondió: «¿Soy yo acaso judío? Tu
pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí.
¿Qué has hecho?» Jesús respondió:
«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo,
mis súbditos lucharían para que yo no fuera entregado a
los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» "
Jesús es el Rey de los judíos; pertenece a un cuerpo de
hombres y mujeres de una misma raza, la que Dios mismo eligió
desde Abraham. Cómo todo rey, Jesús no está
sólo. Porque un Rey sólo, ya no es ningún rey;
¿sobre quién, sobre qué, un rey sólo
podría reinar? No, Jesús no esta sólo. Pero
Jesús, delante de Pilato, parece sólo, entregado al
abandono y al desprecio: su Pueblo, el pueblo judío, le ha
repugnado... Pero sólo es una aparencia. De hecho, Jesús
no esta sólo. Porque su reino, y el conjunto de hombres y de
mujeres sobre los cuales reina, no es de ese mundo: su reino no es
visible a los ojos de los hombres que no tienen fe en él, el
Salvador del mundo.
En el mismo momento de la encarnación del Verbo de Dios en
María, el nuevo Pueblo de Dios nació en el Espíritu
Santo. Ya, apenas Jesús concebido en el seno de su madre, el
nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, existía en María, la
primera de todos los creyentes, el modelo de todo lo que ese gran
Cuerpo que, misteriosamente, invisiblemente, constituye el Templo y la
Casa del Rey del Universo. Poquito a poco, día tras día,
año tras año, ese Cuerpo de Cristo apareció a los
ojos del mundo, manifestándose a veces, escondiéndose
otras, pero existiendo siempre en el Espíritu de Dios. Al hilo
de los siglos, los Pilatos y los Judas se sucedieron para perseguir a
la Iglesia, Pero eso no le impidió al Cuerpo de Cristo crecer y
manifestar la grandeza de su Rey, Jesús, ante los ojos del
universo entero.
" Pilato le dijo: «¿Luego tú eres rey?»
Jesús respondió: «Tú lo dices:
yo soy rey. Yo para eso nací y para eso he venido al mundo:
para dar testimonios de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha
mi voz.» "
Todavía hoy, y más que nunca, la Iglesia esta aquí
para dar a Cristo Jesús el honor que le es debido como Rey del
Universo. ¡Porque la Iglesia, en nombre de Jesús, dice la
Verdad al mundo entero! Persiguiendo la Obra y la misión de
Cristo, la Iglesia anuncia a todos los hombres y a todas las mujeres el
mensaje de Salvación que está en el Evangelio: es
así como la Iglesia rinde al Rey del Universo el honor y la
gloria que son los suyos. Cada vez, durante nuestra jornada, demostramos
nuestra fidelidad a la Ley de Dios, anunciamos el Reino de Dios: una
vida santa, una conducta ejemplar en nuestro trabajo o en el hogar,
¡todo eso sirve para procurar al Señor una realeza siempre
más gloriosa!
Sin duda, el honor más grande que podamos procurar a nuestro Rey
y Señor, es darle gracias en su Eucaristía. Ahí,
decimos, por voz del sacerdote: "Por Él, con Él y
en Él, a Ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los
siglos." Toda la gloria del Padre recae plenamente sobre el
Hijo, incluso sobre todos nosotros, que somos hijos en el Hijo. Porque,
finalmente, si Dios revindica para su Hijo la gloria y el honor de la
realeza, no es para Él mismo, porque sólo Dios puede
procurarse a Él mismo una gloria que sea verdaderamente digna de
Él. Es pues, mucho más para todos nosotros, sus criaturas,
para quien Dios pide la gloria de la realeza, y primero,
podríamos decir, casi exclusivamente, para María, la
criatura que el Padre ama por toda la eternidad en su Hijo Jesús.
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