Homilía para el quinto Domingo de Cuaresma - Año B - Jn. 12:20-33


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" También un cierto número de griegos, de los que adoran a Dios, había subido a Jerusalén para la fiesta. Algunos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe habló con Andrés y los dos fueron a decírselo a Jesús.


" Entonces Jesús dijo: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la destruye, y el que desperdicia su vida en este mundo, la conserva para vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el Padre le dará un puesto de honor. Ahora mi alma está turbada. ¿Diré acaso: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme con todo esto! Padre, ¡da gloria a tu Nombre!» Entonces se oyó una voz que venía del cielo: «Lo he glorificado y lo volveré a glorificar.»


" Los que estaban allí y que escucharon la voz decían que había sido un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.» Entonces Jesús declaró: «Esta voz no ha venido por mí sino por ustedes. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va hacer echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí.» Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir. "




Homilía:


" También un cierto número de griegos, de los que adoran a Dios, había subido a Jerusalén para la fiesta. Algunos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» "


Este evento tomó lugar el Domingo de Ramos, el día de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Esta bienvenida de Jesús dentro de la Ciudad Santa era tan notable que los Griegos, es decir, los Judíos quienes eran extranjeros y vivían en las afueras de Palestina, pidieron ver a Jesús. Así como nosotros no vemos en el evangelio de hoy una preparación para ese gran Domingo que se aproxima: el Domingo de Ramos, el día cuando nosotros le damos la bienvenida al Señor en nuestra vida entera, con ambos, nuestra alma y nuestro cuerpo, es decir, orando, pero también ondeando nuestras manos con palmas benditas, ¡signos de la Eterna Victoria de Cristo en su Iglesia!


" Entonces Jesús dijo: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre.» "


Jesús conoce todo, porque El no es solo Hombre, El no es solo "el hijo del Hombre", como El se refiere a sí mismo, pero El también es, primero, Dios. Y si Jesús conoce todo, ¿Cómo no podría saber que su Pasión estaba cerca, y que su Resurrección vendría poco tiempo después? Jesús conoce todo; Él conoce que su hora ha llegado, ¡la hora de su glorificación! Esto no se refiere a la glorificación de su alma, porque desde la Encarnación de la Palabra, el alma humana de Jesús está eternamente glorificada y santificada por el Espíritu Santo que descansa en Él. Se refiere, más bien, a la glorificación de su cuerpo, este elemento de su persona, que es tan importante para Él. ¿No es esto que hace al Dios invisible, visible en la tierra?


" «En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la destruye, y el que desperdicia su vida en este mundo, la conserva para vida eterna.» "


¡Sí, este es el precio para la vida eterna! Uno debe de estar listo, si Dios lo desea y lo pide, para perder la vida para ganar la vida eterna, la misma Vida de Dios, que se nos ofrece para que podamos compartirla. Nuestra alma es inmortal, pero nuestro cuerpo puede ser separado de nuestra alma y así puede morir: éste es el destino de todos nosotros, desde el pecado original. Nosotros podemos, en cualquier momento, perder nuestra vida y morir. ¿Pero nosotros estamos resignados a morir? Aceptemos, ahora mismo, de morir, cuando Dios nos lo pida, ¿para ganar el Cielo y la Vida Eterna? ¡Jesús lo ha hecho así por nosotros! Sigamos su ejemplo, pidámosle la Gracia y la fortaleza para hacer este acto de resignación: ¡este acto es el más grande que nosotros podemos hacer en nuestra vida!


" «Ahora mi alma está turbada. ¿Diré acaso: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme con todo esto!» "


¿Es fácil aceptar la muerte? Algunas veces, sí; pero no muy a menudo. Jesús, el mismo nos ha dado su ejemplo. Él es el Omnipotente, porque Él es Dios. Pero, Él, quiso darnos un ejemplo de la dificultad que nosotros podríamos encontrar en aceptar nuestra muerte. "¡Padre, líbrame de esta hora!" Este es el grito de Jesús en esta prueba, la prueba que El volvería a vivir mucho mas intensamente en la tarde del Jueves Santo, en el jardín de Getsemaní. Pero, El inmediatamente recupera su calma, porque la Gracia de Dios siempre triunfa si nosotros creemos en su omnipotencia: "¡Si, precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme con todo esto!"


" «Padre, ¡da gloria a tu Nombre!» Entonces se oyó una voz que venía del cielo: «Lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» "


¿Por qué el Padre interviene aquí? Por que no es el Padre quien consolará a Jesús en el Jardín de Getsemaní: más bien, este es un ángel que le aparecerá entonces para fortalecerlo (cf. Lc. 22:43). El Padre es la persona de la Santísima Trinidad a quien se le atribuye el regalo de la Creación: es Dios el Padre que creó todos los seres del universo. Así que es, absolutamente normal que Él se manifieste en esta ocasión: Jesús, que resucitará pronto, será el principio y la fundación de la nueva creación, de los cuerpos glorificados, en donde la cual, todas las criaturas purificadas a través de la proba, serán glorificadas en el Espíritu Santo, para la gloria del Padre y la gloria de toda la creación misma.


" «Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va hacer echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí.» "


Nosotros, quienes participamos en la Eucaristía dominical, seremos capaces de volver a vivir sacramentalmente esta Victoria de Cristo sobre el príncipe de este mundo, o Satanás, como el se llamó. Seremos invitados por el Señor Jesús a venir para alimentarnos con su vida divina, la cual nos la ofrece en la Eucaristía. Esta es la fortaleza y el poder de su Amor, que nos invita a unirnos a Él en este lugar, en donde El está por toda la eternidad: ¡En el cielo de nuestras almas! ¡Que la Santísima Virgen María nos ayude a prepararnos bien, para esta fiesta real!