Homilía para el tercer Domingo de Cuaresma - Año B - Jn. 2:13-25


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Con unas cuerdas hizo un látigo y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes, tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y les dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí, no hagáis de la casa de mi Padre un mercado.» Recordaron sus discípulos que está escrito: «El celo de tu casa me consume.» (Sal. 68:10)


" Entonces los judíos replicaron: «¿Qué signo nos das para hacer esto?» Jesús respondió: «Destruid este Templo y en tres días lo levantare.» Los judíos contestaron: «¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él se refería al Templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, recordaron sus discípulos que él había dicho esto, creyeron en la Escritura, y en las palabras que había pronunciado Jesús.


" Mientras estaba en Jerusalén durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos porque los conocía a todos, y no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca de hombre alguno, porque conocía el interior de cada hombre. "




Homilía:


" Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. "


Después que Él realizó su primer milagro en Cana de Galilea, Jesús sigue su camino a Jerusalén y fue al Templo para orar y predicar la Buena Nueva que él había traído a la tierra. ¡Cuan sorprendido debía haber estado Él, al ver el Templo de Dios, su Templo, lleno de mercaderes y traficantes de todo tipo. Dios en la persona de Jesús, entra a su propia casa, y ¿qué encuentra allí? ¿Personas orando? ¿Levitas cumpliendo su ministerio? ¡No! Al contrario, él ve mercaderes, traficantes, personas que parecen solo interesadas en una sola cosa: en como reunir dinero para su vida en la tierra, en vez de orar para que el Padre les dé la bienvenida en su casa del Cielo! Esto parece un mundo al revés, ¿no es así?


" Con unas cuerdas hizo un látigo y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes, tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y les dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí, no hagáis de la casa de mi Padre un mercado.» Recordaron sus discípulos que está escrito: «El celo de tu casa me consume.» (Sal. 68:10) "


Jesús sacó a los vendedores del Templo. Este simple hecho, acompañado por las palabras de Jesús a los mercaderes y traficantes, es suficiente para que los discípulos de Jesús recuerden este pasaje del salmo: "El celo de tu casa me consume." Tu casa: ésta expresión es el símbolo de toda la realidad de la creación de sí misma. Una casa es el lugar donde nosotros queremos estar, a donde nos gusta comer nuestras comidas, recuperar nuestras fuerzas con el sueño, pasar momentos agradables con nuestra familia y amigos; este es el lugar por excelencia donde todos los eventos privados e íntimos de nuestra vida toman lugar. En particular, la casa de Dios es este lugar privilegiado donde podemos conocer a Dios, uno en uno, sin temor a perturbarlo.


¿Por qué Dios necesita tener una casa? ¿No es Dios un Espíritu puro? ¿No está El presente en todo lugar, en el Cielo, en la tierra y en cualquier lugar? ¡Sí! Esto es verdad! Pero Dios siempre quiso que su Hijo se haga carne, El ha querido siempre ardientemente volverse uno de nosotros para que seamos como Él, a través de la adopción filial en Cristo, la Palabra de Dios se hizo carne. Esto era como si, a través de la Encarnación de la Palabra, Dios se habría construido una casa para darnos la bienvenida en el cuerpo de su Hijo Amado. En este casa de Dios, en la humanidad del Hijo de Dios, nosotros podemos vivir en Dios, para gozar de su presencia y participar en su beatitud eterna. La casa de Dios, su casa entre los hombres, es primero y sobretodo el cuerpo de su Hijo.


" Entonces los judíos replicaron: «¿Qué signo nos das para hacer esto?» Jesús respondió: «Destruid este Templo y en tres días lo levantare.» Los judíos contestaron: «¿En cuarenta y seis años ha sido construido este Templo y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él se refería al Templo de su cuerpo. "


El cuerpo de Cristo es la verdadera casa de Dios, que durará para siempre, eternamente! Pero entonces, la Eucaristía es además, para nosotros, la casa de Dios en la cual nosotros podemos vivir, si lo queremos, si nosotros estamos atentos a la presencia de Dios en este sacramento. ¿No dijo Jesús esto: "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn. 6:56)? Póngamos mucha atención a esta palabra del Señor: en la sagrada comunión, no es más solamente Jesús el que está la casa de Dios, pero en cambio, si nosotros somos dignos de esto, nosotros también volveremos a la casa de Dios entre los hombres! ¡Qué admirable misterio! ¡Que admirable intercambio entre Dios y el hombre en el sacramento del amor y paz!


" Vosotros sois el cuerpo de Cristo. " (1 Cor. 12:27)


San Pablo nos dijo: "Vosotros sois el cuerpo de Cristo." Si Jesús vive en nosotros y nosotros en Él, entonces nosotros somos su cuerpo, nosotros somos su templo. Dios entonces vive en nosotros, y todos aquellos que lo quieren, pueden llevar esta presencia de Dios a cualquier lugar del mundo, manifestando la Omnipotencia de Él, quien es el Creador de todas las cosas. Si nosotros lo deseamos, Dios quien vive en nosotros puede comunicarse al mundo entero. Todo esto es, lo que es necesario, que lo pidamos, con todo nuestro corazón, con una fe profunda y sincera, como la de la Virgen María.


Dios, quien vive en nosotros como en su propia casa, puede realizar milagros, en nosotros y a través de nosotros, mas allá de lo que podríamos imaginarnos. Pensemos en Santa Teresa del Niño Jesús, quien tuvo la presencia de Dios en ella, y quien fue declarada la patrona de todas las misiones, aun cuando ella ¡nunca dejó su convento de Lisieux! Si nosotros lo creemos verdaderamente, Dios nos hará en apóstoles, que sin dejar nuestro humilde lugar de trabajo, iremos por todas partes del mundo llevando la presencia de Dios que es tan necesaria para la paz en el mundo y para la salvación de las almas!


Preparémonos para la santa comunión que recibiremos durante esta celebración dominical, no perdamos nuestra oportunidad: ofrecazmosle a Dios un hogar digno para El, sin ningún traficante o mercader que lo contamine. Cómo María quien mantuvo la Palabra de Dios en su corazón tan bien como en su casa, démosle la bienvenida al Señor con un corazón puro, libre de toda atadura a las criaturas, enteramente consagrado a las cosas de Dios, el Padre de todos nosotros y en nosotros todos!