Homilía para el trigésimo segundo Domingo del Año - Año B - Mc. 12:38-44


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
  

" Y en sus enseñanzas decía: «Guardaos de los maestros de la ley, a los que les gusta pasearse con vestidos ostentosos, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; devoran los bienes de las viudas pretextando hacer largas oraciones. Ellos serán juzgados muy severamente.»


" Sentado frente al tesoro, estaba mirando cómo la gente echaba en las arcas. Muchos ricos echaban mucho. Pero llegó una viuda pobre y echó unos céntimos. Llamó a sus discípulos y les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado más que todos, pues todos han echado de lo que les sobra; en cambio, ella ha echado de su indigencia todo lo que tenía para vivir.» "



Homilía:


" Y en sus enseñanzas decía: «Guardaos de los maestros de la ley, a los que les gusta pasearse con vestidos ostentosos, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; devoran los bienes de las viudas pretextando hacer largas oraciones. Ellos serán juzgados muy severamente.» "


Las palabras de Jesús que escuchamos en el evangelio de hoy fueron pronunciadas por el Maestro poco antes de su muerte, probablemente el martes de la Semana Santa. Jesús sabe que su fin está cerca, que su alma pronto se separará de su cuerpo. Jesús sabe que pronto se reunirá con su Padre que está en los cielos; igual que todo hombre, toda mujer que está en este mundo, Jesús, al final de su vida en la tierra, devolverá su alma a Dios. Nosotros también llegamos al final de una vida: la del año litúrgico.


Cuando un hombre o una mujer remite su alma a Dios, al final de su vida, es para ser juzgado por Él; Es la hora del juicio particular, el juicio que tiene lugar en el momento de la muerte, y que anticipa el gran juicio de todos los hombres: el Juicio Final. Pero para Jesús, no puede ser así: Jesús es Dios igual que su Padre, y remite su alma a Dios su Padre en tanto que Juez soberano. Así que, cuando Jesús, unos días antes de su muerte, enseña aún a sus discípulos, es para hablarles del Juicio, y más exactamente, del Juicio Final (cf., entre otros, Mateo, capítulos 24 y 25). Es con ese espíritu que la Iglesia, cada año, cuando el ciclo litúrgico toca a su fin, propone a los fieles lecturas que tratan del final de la vida del hombre y de su juicio por Dios.


En el evangelio de este Domingo, Jesús juzga ya a los que entre los escribas, actúan para su propia gloria en vez de buscar la de Dios. No hay sitio para la excusa o la misericordia en las palabras del Señor: los que se comportan mal serán juzgados muy severamente. La gloria vana, el orgullo bajo todas sus formas, la avaricia, tantos pecados que el Señor juzgará severamente, al mismo nivel que la lujuria y la impureza. Porque es la gloria de Dios la que es robada y usurpada cuando se goza de cualquier placer sexual fuera de un acto conyugal lícito: ¡no se deja a Dios ejercer su poder de crear una nueva alma humana!


" Sentado frente al tesoro, estaba mirando cómo la gente echaba en las arcas. Muchos ricos echaban mucho. Pero llegó una viuda pobre y echó unos céntimos. Llamó a sus discípulos y les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado más que todos, pues todos han echado de lo que les sobra; en cambio, ella ha echado de su indigencia todo lo que tenía para vivir.» "


De nuevo, Jesús se pone a juzgar. Ya, glorifica esa pobre viuda que echo en el tesoro del Templo todo lo que tenía, todo lo que tenía como medio de subsistencia. ¡Cómo las engañan apariencias! Si Dios nos otorga la gracia de ir al Paraíso - ¡lo que deseo para todos nosotros! - creo que todos estaremos muy sorprendidos de ver a los y las que estarán cerca de Dios y a los que - desgraciadamente - no estarán... ¡Que cambio de situación será! ¿Cuantos ricos habrá en el Paraíso? Seguramente muy pocos. Y seguramente ninguno entre los primeros sitios.


Poseer dinero, una casa, uno o dos coches, un empleo muy lucrativo, todo eso no es malo en sí. Primero la intención es lo que cuenta y sobre esa intención seremos juzgados. La intención de la viuda que Jesús glorificó a los ojos de sus discípulos: ¡las dos moneditas que la viuda depositó en el tesoro valían toda su vida! Pero la montaña de oro y de plata de los otros donantes no valían nada... ¿Qué puede hacer Dios con nuestro oro y nuestro dinero? ¡Lo que Dios quiere para Él es nuestro corazón! Incluso si no tenemos nada, ni oro ni dinero, nos queda una cosa por darle, la única que tiene precio a sus ojos: ¡nuestro amor!


Incluso si un sacerdote o un diácono, a fortiori, un obispo, aunque fuera el Obispo de Roma, no tuviera nada que dar, ni oro, ni dinero, lo más importante para él sería darse él mismo con fe y amor. Recordemos a Pedro, el primer Papa, que no tenía ni oro ni dinero pero que no dudó en operar una curación en el nombre de Jesús, poniendo en peligro su propia vida: "Al ver a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les pidió limosna. Pedro y Juan clavaron sus ojos en él; y Pedro le dijo: «Míranos». Él los miraba, esperando que le dieran algo. Pedro dijo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar.» " (He. 3, 3-6)


Vamos pronto a recibir a Jesús en su Eucaristía. Démonos plenamente a Él. Pidamos a María, nuestra Madre que nos ayude en ese don de nosotros mismos a Dios. Que María nos acompañe en ese camino de fe y de amor, un camino que recorrió ella primero, hasta el pie de la Cruz de su Hijo.