Homilía para el trigésimo primer Domingo del Año - Año B - Mc. 12:28-34


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" Un escriba, que había oído la discusión, viendo que les había contestado bien, se le acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» Jesús respondió: «El primero es: 'Oye, Israel: el Señor, Dios nuestro, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.' El segundo es éste: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo.' No hay mandamiento mayor que éstos.» El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro; con razón has dicho que él es uno solo y que no hay otro fuera de Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo, vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios.» Al ver Jesús que había respondido tan sabiamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y ya nadie se atrevió a preguntarle más. "



Homilía:


" Un escriba, que había oído la discusión, viendo que les había contestado bien, se le acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» "


Unos escribas habían escuchado a Jesús enseñar a la multitud, y uno de ellos le llama: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?" Esa interrogación sobre los mandamientos: "¿Cuales son?, ¿Cuál es el primero?" Se dirige no sólo al corazón de las preocupaciones de los judíos que pretenden seguir la ley de Moisés, sino que se encuentra también y principalmente en el más intimo del alma humana creada a la imagen y parecer de Dios. Porque nada más crear al hombre y a la mujer, Dios les dio sus mandamientos a esos seres que destinaba a la más alta e intima gloria que una criatura pueda tener con su Creador. El Señor había dado en efecto a Adán y Eva la orden de no comer de la fruta del árbol de la sabiduría del bien y del mal (cf. Gn. 3:3).


En el Paraíso terrenal, no se trataba evidentemente de una orden negativa, aunque su formulación: "No comáis de él" (Gn. 3:3) parece indicar lo contrario. El Paraíso terrenal era una primera impresión del Paraíso celestial, y todo estaba organizado pues para la felicidad más perfecta del hombre y de la mujer. La fruta del árbol de la sabiduría del bien y del mal no era un bien que necesitaran el hombre y la mujer. Porque Dios quería hacer a sus criaturas completamente felices, y por esa razón los puso en el Paraíso terrenal. El hombre y la mujer debían obedecer simplemente al Señor y demostrarle su perfecto amor hacia Él absteniéndose de comer la fruta prohibida. Así, desde la creación del hombre, el amor por Dios se demuestra por la renuncia a un bien, a una criatura, que no es Dios.


Ahora que el hombre ha pecado, el amor de Dios se demuestra aún por la renuncia a un bien que no es Dios, pero esa renuncia es cada vez más o menos dolorosa y penosa. Porque el bien al que debemos renunciar para satisfacer a Dios, o bien lo necesitamos realmente, o bien creemos sin razón (por culpa de nuestra debilidad de pecadores) que realmente lo necesitamos: y todo eso nos duele. Hoy pues, el amor de Dios se demuestra por la renuncia a un bien, que es a menudo nosotros mismos, renuncia más o menos difícil y penosa, según la fuerza con qué deseábamos el bien al que debemos renunciar.


" Jesús respondió: «El primero es: 'Oye, Israel: el Señor, Dios nuestro, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.' El segundo es éste: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo.'» "


Jesús cita aquí la Escritura: porque viene a dar a la Ley toda su perfección, viene a enseñar a los hombres, y primero a los judíos, cómo debe ser vivida la Ley dentro de toda su perfección. Por eso, Jesús irá hasta morir en la madera de la cruz, cumpliendo el mandamiento del amor con la perfección más sublime que haya. Realizando dentro de su persona lo que las escrituras afirman. Jesús restaura la creación decaída. Así, lo que podíamos leer ya con dificultad en la creación primera, se vuelve más claro y más explícito en el texto mismo de la Palabra de Dios, la de Cristo, el Verbo de Dios hecho hombre. Gracias al don del Espíritu Santo, podemos leer hoy la Santa Escritura y descubrir de una manera siempre más perfecta lo que Dios espera del hombre: un amor perfecto y sin divisiones.


En cierto sentido, la Santa Escritura, es ya la Nueva Creación empezada. ¿No nos dice San Pablo, hablando de los cristianos regenerados dentro de Cristo, por el Espíritu: "Pues es claro que vosotros sois una carta de Cristo redactada por nosotros y escrita, no con tinta, sino con el Espíritu de Dios viviente..." (2 Cor. 3:3)? Así la orden del Señor está presente en todo lugar y el Espíritu de Dios nos lo recuerda sin parar. Está en ese hombre, en esa mujer que cruzamos en la calle, en el metro, en la oficina, en la obra. Aquel otro de ahí, es Cristo que nos dice y nos recuerda: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas... Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Ese otro de ahí, ese hombre, esa mujer, ese niño, es la creación entera que nos habla para recordarnos el mandamiento de Dios por excelencia: el del amor.


" El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro; con razón has dicho que él es uno solo y que no hay otro fuera de Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo, vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios.» Al ver Jesús que había respondido tan sabiamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y ya nadie se atrevió a preguntarle más. "


El escriba que contesta a Jesús dijo algo sensato: "Al ver Jesús que había respondido tan sabiamente..." El escriba hizo bien la relación entre, por una parte, el amor de Dios y del prójimo, y por otra parte, los holocaustos y los sacrificios, poniendo el amor por encima de los sacrificios. Pero el escriba, visiblemente, tiene tendencia a querer disociar amor y sacrificio. Por eso Jesús solamente contesta: "No estás lejos del reino de Dios." Para estar realmente en el Reino de Dios, y no al lado, el amor tiene que realizar en él la plenitud del sacrificio, lo que Jesús cumplió perfectamente en la Cruz del Calvario. Porque el amor es don de sí, don de sí al otro, ese otro que es Dios, y también el prójimo...


Durante esta celebración eucarística, pidamos al Señor amarle de verdad, pidámosle un corazón sin compartimentos. ¡Que la Muy Santa Virgen María, que se sacrificó a ella misma por entera, por amor a Dios, ofreciendo su Hijo moribundo sobre la Cruz, nos dé su ayuda y su protección a lo largo de nuestra vida! ¡Que a través de María, y gracias a Ella, el Espíritu Santo venga a vivir cada vez más en nuestros corazones y hacer de nosotros "letras" vivas para alumbrar el mundo entero con la Palabra de Dios!