Homilía para el trigésimo Domingo del Año - Año B - Mc. 10:46-52


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" Fueron a Jericó. Y al salir de Jericó con sus discípulos y mucha gente, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al oír que pasaba Jesús, el nazareno, comenzó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» Y muchos lo increpaban para que callase, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» Se detuvo Jesús y dijo: «¡Llamadlo!» Y llamaron al ciego diciéndole: «¡Animo! levántate, que te llama.» Él, tirando de su manto, saltó y se llegó a Jesús. Y Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?» El ciego respondió: «Señor, que yo vea.» Y Jesús le dijo: «Ve, tu fe te ha salvado.» Al punto recobró la vista y seguía a Jesús en el camino. "




Homilía:


" Fueron a Jericó. Y al salir de Jericó con sus discípulos y mucha gente, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al oír que pasaba Jesús, el nazareno, comenzó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» "


El episodio relatado por el evangelio de este Domingo se sitúa poco tiempo antes de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, el Domingo de Ramos. La fama de Jesús ya es grande: todo el mundo ha oído hablar del Hijo de David y de los milagros que hizo. Sin pensárselo, un ciego, sentado en el camino por el que esta pasando Jesús, grita: "Hijo de David,..." Porque la suerte, tal vez la única de su vida, esta a su alcance: si quiere ver algún día, si quiere estar curado de su dolencia, es ahora o nunca, es el momento único para encontrar a Ese que Dios mandó a su pueblo para salvarlo.


" Y muchos lo increpaban para que callase, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» "


Muchos de los que estaban allí querían hacerlo callar... ¿Cual era su intención? ¿Buena? En este caso, los que querían hacer callar a Bartimeo estaban sin duda más preocupados por su tranquilidad personal que por la dolencia de aquel ciego... Cuando alguien grita: "¡Fuego, fuego!", es muy raro que los vecinos le digan que se calle: al contrario, todos repiten con él: "¡Fuego!" y rápidamente, llamamos a los bomberos. Nadie se queja porque alguien haya gritado "¡Fuego!" Pero, cuando la Iglesia repite y grita alto y fuerte que la contracepción es un pecado, entonces, en el mismo instante, se emplearan todos los medios para minimizar esta llamada y para reducir al silencio esa voz que grita en el desierto... La Iglesia llama al Salvador del mundo para que venga a curar las dolencias de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo, pero, desgraciadamente, su grito es tan ahogado que apenas se oye... Si la Iglesia molesta, se la reduce al silencio, a toda costa...


"Pero él gritaba mucho más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» " Eso es lo que todos debemos hacer: ¡gritar, y gritar una y otra vez! No nos cansemos de proclamar la Buena Nueva de la Salvación en Jesucristo. Hagamos oír la voz de la Iglesia que llama a su Salvador para que cure a todos los hombres y a todas las mujeres de la Tierra. Muchas son las dolencias de nuestro mundo. La más importante es esa ceguera, ese defecto de la visión de fe: a nuestro mundo le falta mucho de la fe verdadera en Jesús Salvador, esa fe que permite mantener un justo equilibrio entre los derechos de Dios y los de los hombres. "Pero él gritaba cada vez más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» "


" Se detuvo Jesús y dijo: «¡Llamadlo!» Y llamaron al ciego diciéndole: «¡Animo! levántate, que te llama.» "


La perseverancia de Bartimeo es recompensada: Jesús lo llama. La continuidad en la oración, la esperanza continuamente renovada, siempre es recompensada por el Señor. Esperar, ahora y siempre, incluso después de largos momentos de espera durante los cuales hemos sido tentados por el desánimo: eso es lo que Dios espera de cada uno de sus hijos. Nuestra propia salvación, y la del mundo entero depende de nuestra perseverancia en la oración, hasta el final, hasta que, por fin, Dios nos llame a Él, el último día de nuestra vida. Porque entonces, el Señor nos llamará por nuestro nombre propio y nos recompensará haciendo caer el velo que nos prohibe verle aún: entonces ya no seremos ciegos en el mundo, sino llenos de la visión de Dios que ilumina a todo hombre y a toda mujer que viven en Su Casa (Cf. Ap. 21:23).


" Él, tirando su manto, saltó y se llegó a Jesús. "


Jesús llamó a Bartimeo. Esa llamada, esa voz del maestro reconforta el corazón y da alegría: ¡el ciego tira su manto y salta! ¡La alegría del alma resplandece y se transparenta en la actitud del cuerpo! Pero es sobre todo la potencia de la Palabra de Dios la que se pone entonces en marcha. Porque es esa potencia, esa fuerza la que permite a Bartimeo ir hacia Jesús para ser curado por Él. Jesús lo dijo: "Nadie puede venir a mí si no le fuere dado por el Padre." (Jn. 6:65) Es la gracia todo poderosa del Padre la que permite al hombre ir hacia el Salvador para recibir de Él la curación del alma y del cuerpo. "Él, tirando su manto, saltó y se llegó a Jesús."


" Y Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?» El ciego respondió: «Señor, que yo vea.» Y Jesús le dijo: «Ve, tu fe te ha salvado.» Al punto recobró la vista y seguía a Jesús en el camino. "


¡Qué diálogo tan magnífico, tan emocionante, tan excepcional! Bartimeo, ciego, está enfrente del que le puede curar el cuerpo pero también el alma. Y lo sabe, porque llamó a Jesús con su título de Mesías: "Hijo de David." En su visión de fe, Bartimeo pide a Jesús que pueda verlo, a Él, al Mesías, al enviado de Dios, y ser así doblemente feliz: por la visión del cuerpo y la del alma. Jesús sabe en efecto lo que hay en el alma de Bartimeo, como sabe lo que hay en el alma de cada hombre y cada mujer en particular. Jesús sabe que Bartimeo cree en Él, y curándolo, Jesús quiere recompensar su fe tanto en su cuerpo como en su alma: "Ve, tu fe te ha salvado."


¿No es otro diálogo excepcional el que vamos a vivir ahora en esta celebración eucarística, en el momento en el que el celebrante va a presentar a los fieles el cuerpo y la sangre de Cristo? En este momento también, Jesús nos va llamar, y, si lo queremos, nos avanzaremos hacia el altar para recibir en nosotros a Jesús en su sacramento. No dejemos pasar la ocasión: entablemos un diálogo secreto, que no interesa más que a Jesús y a nosotros, y que nos conducirá sin ninguna duda hasta las Puertas de la Eternidad, donde María, la Madre de la Santa Esperanza, nos espera bajo la mirada del Padre.