Homilía para el vigésimo noveno Domingo del Año - Año B - Mc. 10:35-45


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" Se le acercaron Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: «Maestro, queremos que nos haga lo que vamos a pedirte.» Díjoles Él: «¿Qué queréis que os haga?» Ellos le respondieron: «Que nos sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu gloria.» Jesús les respondió: «¡No sabéis lo que pedís! ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que yo he de ser bautizado?» Le contestaron: «Sí que podemos.» Les dijo Jesús: «El cáliz que yo he de beber, lo beberéis, y con el bautismo con que yo he de ser bautizado, seréis bautizados vosotros; pero sentaros a mi diestra o a mi siniestra, no me toca a mí daroslo, sino que es para aquellos para quienes está preparado.»


" Los diez, oyendo esto, se enojaron contra Santiago y Juan; pero llamándolos Jesús a sí, les dijo: «Ya sabéis cómo los que en las naciones son príncipes las dominan con imperio, y sus grandes ejercen poder sobre ellas. No ha de ser así entre vosotros; antes si alguno de vosotros quiere ser grande, sea vuestro servidor; y el que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos; pues tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención de muchos.» "




Homilía:



" Se le acercaron Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: «Maestro, queremos que nos haga lo que vamos a pedirte.» Díjoles Él: «¿Qué queréis que os haga?» Ellos le respondieron: «Que nos sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu gloria.» "


El evangelio de este domingo cuenta un diálogo que tuvo lugar entre Jesús y los hijos de Zebedeo: Santiago y Juan. ¡Esos quieren a toda costa estar sentados al lado de Jesús en el Paraíso! ¿No es un deseo alabable? ¿No es un sentimiento que demuestra todo el amor por el Señor de la Vida? ¿No es la expresión más alta de su cariño al Creador de todas las cosas? ¡Seguramente sí! Y no merece ninguna duda: es el Espíritu Santo mismo quien les inspiro tal deseo.


Pero ¿Se puede divulgar eso en público, como lo hicieron imprudentemente los dos discípulos? Seguramente no. Así pues, las cosas no ocurrieron probablemente de esta manera. En efecto, el episodio es contado diferentemente por San Mateo. Para él, es la madre de Santiago y de Juan quien pide el favor a Jesús para sus dos hijos: "Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose para pedirle algo (...) Di que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu reino." (Mt. 20:20-21)


Se entiende fácilmente que el amor de una madre por sus hijos le haga pedir al Señor, en público, cosas increíbles, como la de residir al lado de Cristo en el Cielo. Esta manera de hacer es menos chocante, e intenta tapar un poco la realidad de los hechos. Pero Pedro, en su catequesis (contada por San Marcos en su evangelio), no se deja engañar: se informó después, sobre lo que realmente ocurrió, y presenta la solicitud de Santiago y Juan como las suyas propias.


Podemos sacar dos lecciones de este evento. La primera, es que hay que ser por turno "prudentes como serpientes, y sencillos como palomas" (Mt. 10:16): hay a veces que disimular las gracias de Dios, por prudencia, y hay que manifestarlas a veces, por simplicidad. La segunda, es que podemos hablar con Nuestro Señor Jesús por la intercesión de nuestra Madre, la Virgen María, pero que también se puede ir directamente a Cristo, sabiendo perfectamente que su Madre bendita está siempre a su lado.


" Jesús les respondió: «¡No sabéis lo que pedís! ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que yo he de ser bautizado?» Le contestaron: «Sí que podemos.» Les dijo Jesús: «El cáliz que yo he de beber, lo beberéis, y con el bautismo con que yo he de ser bautizado, seréis bautizados vosotros; pero sentaros a mi diestra o a mi siniestra, no me toca a mí dároslo, sino que es para aquellos para quienes está preparado.» "


La gloria del Cielo, debemos desearla apasionadamente, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, porque si metemos nuestra esperanza en esta vida temporal, llena de miserias y de riesgos para nuestra salvación, somos lamentablemente dignos de compasión... Pero la gloria del Cielo no se adquiere sin esfuerzos ni sin trabajo. La gloria de la Resurrección pasa por la ignominia de la Pasión y de la Cruz. Si la corona de espinas no está en nuestra frente durante esta vida, jamas la corona de gloria nos será dada en el Cielo.


No hay alternativas: ¡la Resurrección pasa por la Pasión! Nosotros, Cristianos, hemos sido bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Eso significa que hemos sido creados a imagen del Cristo enviado por el Padre en el Espíritu: creados a imagen del Cristo muerto y resucitado, hechos partícipes de su Pasión y de su Resurrección, unidos, por la fe, a los sufrimientos de Cristo, y fuertes, por la esperanza, de la gloria de su Resurrección. Ya resucitados en esperanza, nosotros los Cristianos, estamos llamados a completar en nosotros mismos lo que le falta a la Pasión del Señor Jesús.


"Pero sentaros a mi diestra o a mi siniestra, no me toca a mí dároslo, sino que es para aquellos para quienes está preparado." Jesús habla de su Pasión; Jesús habla primero como hombre, aunque sea también Dios y Señor, el igual del Padre. Jesús quiere aquí dar el honor y la gloria a su Padre: es de él de quien depende la decisión de acordar tal o tal sitio en el Reino de Dios (cf. Mt. 20:23). Porque el Padre es el primero en la muy Santa Trinidad: es él y sólo él quien determina el orden de todas las cosas.


" Los diez, oyendo esto, se enojaron contra Santiago y Juan; pero llamándolos Jesús a sí, les dijo: «Ya sabéis cómo los que en las naciones son príncipes las dominan con imperio, y sus grandes ejercen poder sobre ellas. No ha de ser así entre vosotros; antes si alguno de vosotros quiere ser grande, sea vuestro servidor; y el que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos; pues tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención de muchos.» "


Santiago y Juan quieren ser los primeros al lado de Jesús en el Cielo. Los otros diez se indignan de tal demanda. El Señor arregla todo y pone a todos en el mismo nivel: el maestro debe volverse esclavo, el primero debe convertirse en el último... Así, todos contentos. En el cielo, es lo mismo. Se puede estar seguro de que hay un orden entre los elegidos de Dios y cada uno está en su sitio, pero ninguno de ellos puede expresar un descontento cualquiera: ¡cada uno es perfectamente feliz en el sitio que ocupa! Es precisamente ese mismo sitio, ese orden preciso el que hace la felicidad de los elegidos de Dios en el Cielo. Porque esa plaza, ese orden, permite la realización de un edificio perfecto y estructurado: ¡la Casa de Dios!


¡Que la Muy Santa Virgen María nos acompañe en el camino del Cielo, cumpliendo la voluntad de Dios cada día de nuestra vida, en una respuesta constante de fe, de esperanza y de amor!