Homilía para el vigésimo quinto Domingo del Año - Año B - Mc. 9:30-37


por el

Canónigo Dr. Daniel Meynen
 
 

" Se marcharon de allí y se desplazaban por Galilea; Jesús no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará.» Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle.


" Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.»


" Tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado.» "




Homilía:


" Jesús... iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará.» Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle. "


A través de toda su vida, a través de todo lo que constituye la misma esencia de su persona, Jesús es el Cristo, él a quien Dios escogió para traer al mundo el Espíritu que da la vida, el Espíritu que es el Señor y quien da la Vida, así como lo decimos en el Credo. Así que uno no puede pensar razonablemente que Jesús moriría un día: él debería vivir para siempre, por siempre e incesantemente esparcir el Espíritu que da la vida al mundo. Así, cuando Jesús habla de su muerte, nosotros somos pequeños como sus discípulos: nosotros no entendemos lo que Jesús quiere decir.


Sin embargo, Jesús pronto explicará sus palabras; en la víspera de su Pasión, él les dirá a sus discípulos: "Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré." (Jn. 16:7) El Espíritu Santo vendrá a nosotros a través de la Pasión de Cristo: el Espíritu que da la Vida no puede estar disociado de la Pasión y de la Muerte del Señor Jesús! Porque es precisamente en su Pasión y en su Muerte que Jesús, manifestando todo su Amor para su Padre, verdaderamente logra las profundidades de este Espíritu quien es el Amor personificado del Padre y del Hijo. De hecho, es en la Cruz del Calvario que Jesús se ofrece a sí mismo en sacrificio a su Padre "por el Espíritu Eterno" (Heb. 9:14).


" Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.» "


Aquí Jesús no condena el deseo de ser primero. Lo que Jesús condena es el hecho de hablar y comunicar este deseo a otros. Porque este deseo puede muy bien venir del propio Dios. ¿No es el propio Jesús la Cabeza de la Iglesia, el primogénito de una multitud de hermanos? Jesús de hecho tuvo el deseo de ser el primero, porque Dios quiso que fuera así. Pero él no hizo nada en contra aquellos que lo derrumbaron al puesto mas bajo, poniéndolo en el mismo nivel como los bandidos y criminales. Porque Jesús confiaba en su Padre; él sabía que después de estar humillado en la Cruz, su Padre lo exaltaría sobre todos: "Apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre." (Fil. 2:7-9).


" Tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado.» "


El niño de quien habla Jesús es una imagen. Jesús usa esta comparación para introducir la realidad de su misión en la tierra: ser el representante del Padre, su perfecta Imagen, él a quien el propio Padre envía hablar a los hombres en su nombre. Así el que recibe un pequeño niño en el nombre de Jesús, no esta recibiendo a un niño, sino al propio Jesús a través del intermediario de este niño. Ciertamente, el niño no es realmente Jesús. Pero Jesús es verdaderamente un Dios con su Padre: así, cuando recibamos a Jesús, es verdaderamente el Padre a quien recibimos. "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él." (Jn. 14:23)


Si el Padre y Jesús están allí, entonces el Espíritu Santo también esta allí: porque el Padre y el Hijo viven siempre en la unidad del Espíritu Santo. Mas precisamente, si Jesús no habla abiertamente de sí mismo, si Jesus se presenta a si mismo no en nombre propio pero si en nombre de su Padre, si Jesús se humilla, por así decirlo, ante su Padre, entonces el Espíritu Santo se manifiesta totalmente a sí mismo: él quien es el Amor del Padre y del Hijo se revela totalmente a sí mismo en la bajada del Hijo. "Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré. (Jn. 16:7) Que Maria, quien siempre se humilla ante su Hijo, nos ayude hoy para recibir la sagrada Eucaristía! A través de la Madre de Dios, que el Padre venga en nosotros en el sacramento de su Hijo!